El vino no era malo. El tercer tiempo duró demasiado, además la gente del otro equipo no se iba nunca. Nos quedamos hasta el final. Con mi amigo Toto, seguimos dando vueltas por algunos bares. El quería encontrarse con unas mujeres, que por suerte nunca aparecieron. “Hay una rubia que es ideal para vos“, me dijo varias veces. Quedó todo para otra vuelta. La pelota picó bien, estoy tratando de vivir en pareja. Aunque esa noche no recordaba mi dirección.

Me di cuenta frente a la puerta de mi casa anterior. La luz de entrada estaba prendida, mi amigo me acercó en su auto,  y se quedó esperando que yo entrara. Quedé paralizado, no podía golpear la puerta y que saliera mi ex, o su nuevo novio. Hubiese sido un momento complicado.

Marc Cécillion, capitán del seleccionado francés de rugby, mató a su mujer usando una Magnum de grueso calibre, todo por encontrarla con otro en una fiesta en las afueras de Paris. Estaba deprimido y había ahogado sus penas en alcohol. Fue condenado a catorce años de cárcel. “¿No tenés las llaves de tu casa? ¡Que mal jugó el club!” dijo Toto, que quería hablarme de rugby. “Me olvidé la llave, pero ya me abren“, le dije para que se fuera.

El seguía con su auto detenido frente a la puerta de mi viejo domicilio, no dio para decirle la verdad, hubiera dudado de mis  facultades mentales. Nadie me iba a abrir, entonces le dije a Toto: “llevame hasta la Avenida, me olvidé de comprar cigarrillos“.

Cuando bajé al quiosco, le dije “gracias, nos vemos el martes en el club”. Antes de irse, Toto me dijo “hubo poco tackle, así no se arma un nuevo equipo“. Ya me había acordado de mi casa actual en Victoria. Me acordé también que tenía una nueva pareja. Pasé frente a mi casa, no me animé a entrar, seguí de largo, intentando que el aire fresco me devolviera la memoria.

Sería suicida sincerarse, decirle que esta noche no me acordaba donde vivía, y que sepa también que hice un esfuerzo para recordar su nombre. Tanta confianza destruye todo, no sirve de nada. Algunas jugadas en las que atacábamos por el fondo del line out, llevaban el nombre de nuestras mujeres. Ahora me parece una pésima idea.

En el shopping de la estación de servicio, mientras pagaba una botella de jugo, vi una pérgola metálica que tenía unos llaveros, con la forma de una pequeña patente de autos, en lugar del número tenía nombres. Recorrí la lista de la A a la Z,  me detuve en uno que me era familiar: Natalia. Lo repetí en voz alta, hasta que lo confirme, mi mujer actual se llama Natalia. Decidí volver a casa, donde vivo con ella. Me acordé que la llamo Nati.

Se había hecho muy tarde, el auto de Nati ocupaba la entrada del garaje. Me sentí tan inseguro, pensé que ella podría estar con alguien. ¿Por qué no? Si los dos nos conocimos cuando estábamos casados, ambos fuimos infieles. Dicen que el infiel es reincidente. Las amigas más malditas, las verdaderas brujas, dicen que el hombre infiel es incurable. Estando de gira, al regresar al hotel, le dijeron a un jugador “llamó su señora“. No se animó a preguntar “¿cuál de ellas?”. Prefirió esperar un segundo llamado.

Di una última vuelta a la manzana. Ya no era de noche, la claridad del amanecer pronosticaba un gran día, me entusiasmé. Volví a pararme en la puerta de casa, toqué el timbre apenas. Ella debía estar durmiendo, empecé a pensar bien. Alguien levantó la persiana de la planta alta. Natalia asomó la cabeza “¡tan tarde! ¿qué hacés?” me dijo, con voz de queja. Me bajó toda la información de nuestra relación, como cuando prendo el teléfono y llegan todos los mensajes de golpe.

“¡La próxima vez me vas a encontrar con otro!” me dijo Nati, bastante  malhumorada. “Vuelvo del tercer tiempo ¿acaso yo no vivo acá? ¡Te extrañé!” le dije, con algo de culpa. Menos mal que ya no juego al rugby y no traigo el bolso con la ropa sucia. Ella bajó a abrirme, la abracé y no pensé en asesinarla.

Actualmente no hay comentarios.