“¡No sé cuanto quiere ganar cada uno de ustedes!” dijo el entrenador en el entretiempo y acompañando sus enérgicas palabras, golpeaba con su mano abierta el pecho de los jugadores, que permanecían sentados mirando el piso, como buscando una explicación. Su equipo estaba siendo vapuleado y se fue al descanso con una desventaja indescontable. Esto no me sucedió a mí, me lo contó mi hijo, que lo vivió cuando se fue a jugar al rugby profesional de Inglaterra. El jugaba para Saracens y estaban enfrentando a Cardiff Blues. El veterano coach, Alan Gaffney, australiano de nacimiento, tenía una importante trayectoria, había sido entrenador de David Campese, los hermanos Ella, Phil Kearns y George Gregan, en el club Randwick de Sidney, además de Head coach de los NSW Waratahs. Ahora estaba en Londres dirigiendo al Saracens y no podía creer lo que estaba pasando. Perdió la calma y se alarmó cuando comprobó que al menos tres forwards y tres backs, estaban usando botines con suela de goma, en una cancha pesada en la cual no podían hacer pie. Cuando mi hijo me contó esta anécdota, desató en mí unos cuantos recuerdos. Entonces decidí contarle algunos. Mientras tomábamos mate, le dije “Cuando empecé a jugar a los ocho años usaba los botines Sacachispas que eran una mezcla de tela y goma, tenían la suela de goma inyectada, tapones rectangulares con rayas como surcos, para darle agarre, además cubrían hasta los tobillos, a los cuales protegían con una goma circular ubicada justo sobre los mismos. Eran unos botines todo terreno y para mí con ellos todo era posible“. Su forma de bota me dice que fueron el antecedente de los botines de caña alta, que usábamos los forwards en un momento, pero creo que eran muy incómodos, más aún los que tenían un tapón en la punta. Como el unicornio, desaparecieron sin que nos diéramos cuenta. Cuando fui avanzando a otras divisiones del club empecé a usar los botines Fulbence. Estos tenían suela y tapones de cuero, que estaban clavados sobre la suela con unos clavos muy finitos. Tanto que se transformaban en agujas sobre la planta del pie cuando empezaban a gastarse, que era bastante rápido. Al llegar a casa tenía que curar mis pies lastimados y mi madre me decía si no era mejor que usara zapatillas. Yo pensaba que sufrir un poco era parte del aprendizaje, como algo natural, un camino que inexorablemente tenía que recorrer. No opuse resistencia al sufrimiento y de algún modo lo disfruté, al atravesarlo y salir ileso. Los botines me los ponía en mi casa y así viajaba en colectivo hasta el club los sábados por la mañana. Después de jugar al rugby, me los dejaba puestos para jugar al fútbol y recién a la noche cuando llegaba a casa me los sacaba. Fui creciendo y pasando por las divisiones juveniles del club. Nos mudamos a una casa más cerca y podía ir corriendo las casi diez cuadras de distancia. Los botines fueron cambiando pero todavía usaba suela de goma y se gastaban cada vez más rápido, porque corría por las veredas y las calles. Cuando tuve mis primeros tapones de aluminio, sentí que ingresaba a un rugby más adulto, con otros compromisos, algo así como alcanzar la mayoría de edad o tener derecho a votar. También estaban los tapones de plástico intercambiables. El día previo a los partidos ya estaba mirando el cielo, tratando de desentrañar qué tapones le pondría a mis precarios botines. Le ponía los de plástico y al rato se los cambiaba por los de aluminio. Tenía frascos donde dividía los tapones por altura. Engrasaba los botines para que parecieran mejores y si no había grasa sacaba un poco de manteca de la heladera, a escondidas. Cuando debuté en Primera use dos botines diferentes, uno con tiras verdes y el otro rojas, los había conseguido cuando fui a limosnear a uno de mis nuevos compañeros. Los tapones que usé eran un mix, entre el plástico y el aluminio, bastante altos porque era la costumbre y estaba bajo la mirada de los jugadores consagrados, que hacían un rito con estas cuestiones. Ellos se iban a cambiar con mucha anticipación y yo me convertí en observador de sus conductas. Poco después, yo también entraba al vestuario con mucho tiempo, para ajustar los tapones, enrollar las vendas que había llevado enrolladas desde el día anterior, pero las desenrollaba para volver a enrollarlas, probarme los botines y sacármelos, para volver a probarlos. También me gustaba oler la camiseta, que enseguida habría de ponerme, con un orgullo tremendo. Toda una rutina que tenía por objetivo principal concentrarse y casi meditar sobre lo que tendría que hacer adentro de la cancha. Con el tiempo también llevaba herramientas. Una pinza y una pico de loro eran infaltables, para cuando los botines entraban en boxes y había que hacer un cambio de tapones. Ahora me daba el lujo de tener al menos dos pares y decidir cual usar, de acuerdo a las necesidades. Más adelante conseguí las hembras, la parte metálica que va adentro del botín, no piensen otra cosa. Eso me obligó a contar además con algunos destornilladores, para aflojar las hembras que estaban falseadas. También necesité un pequeño martillo para clavar las hembras, así se llaman, y que no se movieran cuando había que ajustar el tapón del lado de afuera. En el vestuario extendía unas hojas del diario y volcaba los tapones del frasco, que salían con tierra de vaya a saber cuántas canchas diferentes. Era la forma de encontrar algún tapón faltante que siempre algún jugador necesitaba, para completar el armado de su botín. Esos primeros años jugando en la Primera del club, presté mucha atención a lo que hacían los jugadores más consagrados, tuve grandes ejemplos y me sirvieron de mucho sus consejos. Afuera de la cancha aparecieron los aduladores. Esos tipos que pululan por el club sin ningún objetivo concreto. Los que te agarran del hombro cuando te ven, a veces antes y a veces después de los partidos y te hacen oír el canto de la sirena. Los que te dicen que sos un fenómeno, que no hay otro mejor que vos y hasta que se jugaron una cena con un amigo, sabiendo que “hoy ganamos“. No sé porque lo hacen, tal vez proyectan algún sueño trunco. Me di cuenta un día, que ya no quería que me agarrasen del hombro. Me puse arisco y esquive siempre esas manos. Más aún cuando noté, que esos mismos que antes adulaban, se convirtieron en críticos jueces entre las tinieblas. Aprendí que todo lo que atañe al equipo debe hablarse dentro del equipo. No me gustaba que el capitán diese a conocer la formación del equipo utilizando apodos y mucho menos diminutivos. Quería que me nombrasen solo por mi apellido. La hermeticidad para mantener el sigilo, sobre las cuestiones internas del equipo, es una de las condiciones para que un grupo funcione y es parte del respeto que todos se deben entre sí. Solo el equipo salvará al equipo, los de afuera son de palo. El mejor equipo es el que sale a la cancha y eso no se discute. No hay mejor decisión que la decisión tomada y la bancamos todos. A mediados de la década del setenta, ‘Manzana’ Balbiani, que era un pilar de los más fuertes que vi en mi vida, tuvo la iniciativa de mandar a fabricar unos tapones. La importancia que le dábamos al scrum era tal, que considerábamos que el punto inicial para ganar esa batalla, era tener los mejores tapones posibles, para todo el pack, incluyendo los terceras líneas, que en algún momento gozaban de otro tipo de licencias. Algunos creían tener un grado de parentesco con los tres cuartos y se hacían los lindos. A nosotros nos inculcaron que éramos los que teníamos que hacer la diferencia, empezando por el scrum. ‘Manzana’ le hizo el encargo a un tornero y este le dijo “Quédese tranquilo, de aluminio no conviene, además yo no lo trabajo, se los voy a hacer de un material que le van a durar para toda la vida y nunca se van a romper“. Conseguir tapones altos no era muy fácil en ese entonces y cuando había eran demasiado caros. Eran cuestiones que manejábamos los jugadores, los entrenadores se mantenían al margen. A los pocos días, ‘Manzana’ apareció con una bolsa grande, con los nuevos tapones fabricados artesanalmente por el tornero. Eran más largos que los que se podían conseguir en cualquier otro lado, medían 25 mm, pero lo más increíble era que estaban hechos de bronce. Teníamos una gran cantidad de tapones dorados, para abastecer a ese pack y a varias generaciones venideras. La parte del macho era demasiado larga, el tornero la habría hecho a ojo. Al ajustar el tapón el macho sobresalía un poco dentro del botín. Me fui hasta la ferretería y compré unas arandelas cóncavas, que las usamos para poner entre el tapón y la suela del botín. Así los tapones quedaron más altos y no lastimaban la planta del pie. La noche previa a un partido muy importante, tenía mi bolso perfectamente preparado, con todo lo necesario, una manera que había desarrollado para concentrarme con anticipación, a lo que tendría que hacer el día siguiente. A pesar de saber que tenía todo, me gustaba asegurarme y abría el bolso una y otra vez. Tocaba la ropa, las vendas, la tela adhesiva, las herramientas, el frasco con los tapones, los botines preparados para cargarle las balas. El clima estaba dudoso, lo único que no estaba decidido era qué tapones le iba a poner a mis botines. Por fin me dormí y para variar, soñé con el partido que habríamos de jugar al día siguiente. El sueño se transformó en pesadilla, cuando me vi resbalando al querer empujar a mi pilar en el scrum, encima estaba usando suela de goma. Mi pilar me insultaba y llovía intensamente. Después de eso me patiné y fallé un tackle, que derivó en try del equipo rival. Me desperté transpirando, la ventana de mi habitación estaba abierta y entraba el agua de una fuerte lluvia, los truenos acompañaban a la tormenta. Cerré la ventana, me senté en la cama y abrí el bolso. Saqué mis botines y busque los tapones de bronce, estaba decidido a que habría de usarlos. Usando la pico de loro, los coloqué en mis botines, los ajusté lo necesario. Cuando terminé de colocarlos, al observar los botines, me pareció estar frente a la boca de un tiburón que me mostraba sus afilados colmillos. Para terminar los unté con un poco de manteca. Enseguida retomé el sueño y me dormí tranquilo. En un torneo jugado en Córdoba, nos tocó enfrentarnos con el CASI. El entrenador de ellos era el ‘Caña’ Varela. Había llovido bastante y nuestro pack armó sus botines con los tapones de bronce. El ‘Caña’ le protestó al referee, diciendo que esos tapones eran antirreglamentarios y tuvimos que cambiarlos por los comunes. En realidad los referees empezaron a controlar la altura y el filo de los tapones, un tiempo después, usando una chapita con la medida justa, entraban al vestuario y los revisaban. El ‘Caña’ Varela como jugador, fue un tipo muy áspero. En un partido contra ellos, jugando de segunda línea, en el scrum desenganchaba su brazo derecho y le pegaba durísimas trompadas a nuestro hooker, en el medio de la cara. Se usaban este tipo de golpes en el scrum. En aquel partido nuestro número dos, sufrió unas cuantas trompadas arteras, aplicadas por el ‘Caña’, y salió con la cara abollada. Cuando se desenganchó el scrum, cayó de espaldas desmayado. A Varela era difícil agarrarlo y no pudimos devolverle los golpes en aquel partido. En el siguiente partido contra ellos, ‘Manzana’ Balbiani, el mentor de los tapones de bronce, estaba decidido a vengar la agresión. Me dijo “Solo necesito un instante, si vos me lo agarrás, yo le rompo la cara“. Así ocurrió, el ‘Caña’ quedó atrapado por mis brazos y ‘Manzana’ le pegó al menos tres o cuatro trompadas tremendas, que le pusieron la nariz a un costado y le dejaron la cara ensangrentada. Cuando por fin se incorporó parecía un espantapájaros, abriendo sus manos, como pidiendo una explicación. Una mezcla de Don Quijote, luchando contra los molinos de viento, sus ojos saltones y diabólicos que también lo hacían parecerse a Salvador Dalí. Pero cuando le acercaron una toalla para que se limpiara la cara, dejó su imagen en ella, como en el manto sagrado de la pasión de Cristo. Era la última época de un rugby violento, que de algún modo permitía estas cosas. Al final del partido Luis ‘Caña’ Varela, lo abrazó a ‘Manzana’ y le dijo “Vos sos el único tipo de tu club que tiene huevos, los demás no existen ¡Estos mierdas, son una manga de cagones!“. Hablé demasiado, tomamos unos cuantos mates, mi hijo siguió mi relato con mucho interés y yo le pregunté por aquel vestuario en Inglaterra¿Qué pasó con los botines de esos jugadores?”… “El entrenador se los hizo cambiar y los tipos se la bancaron”, me dijo. Yo quería que me cuente más de lo que había pasado, como si quisiera estar ahí, para saber más, para interpretar el ambiente, buscando encontrar algo distinto, para poder comparar nuestro rugby con ese rugby tan profesional. Fue entonces cuando le pregunté a mi hijo “¿El entrenador les dijo algo más, antes de salir a jugar el segundo tiempo?”. El pensó un poco y me dijo “Gaffney golpeó muy fuerte una puerta que quedó marcada con su puño, parecía emocionado y dijo de nuevo ‘¡Yo no sé cuánto dinero querrá ganar cada uno de ustedes! ¡Ni me importa! Pero hay una sola manera de jugar a este juego! al rugby se juega con el corazón!’. Pero hubo más, en su última arenga, Alan Gaffney, nos dijo ‘¿Saben lo que pienso de ustedes?’ Y el mismo contestó, diciendo ‘¡Que parecen empleados! ¡Son un asco!'”. Seguimos tomando mate con mi hijo…

  • juan damioli

    Muy buen relato, debemos trasladar a prox. Generaciones que el rugby se juega con el corazon.

  • hugo

    Muy bueno, me hizo acordar a mis tiempos de chico, iba al Industrial y con un amigo nos haciamos nuestros tapones tambien…no de bronce, creo que eran de alguna acero que conseguimos….Teniamos varios largos tambien, e incluso estudiabamos como distribuirlos, los mas largos adelante, etc…Abrazo