Cuando mi club juega de local voy a verlo. El sábado pasado fui y no tuve muy en cuenta el frio, que vino de golpe. Con una remera de manga corta y un buzo no muy abrigado, me tuve que arreglar. Sí llevé mi gorro de lana, que guardo en la guantera de la camioneta. El frio, el viento y por momentos una fina llovizna, se hicieron presentes. El rugby no se suspende nunca, no importa si llueve a cántaros, solamente si la pelota flota se puede suspender, pero en veinte años que jugué en Primera una sola vez se suspendió un partido por lluvia.

Ese día se inundó el club y hubo que huir con los autos a un lugar más alto. Ocupamos una tribuna chica en la que entran no más de veinte personas. Somos todos ex jugadores, algunos ex entrenadores y amigos de muchos años. Vemos los partidos juntos y de paso nos vemos la cara. Es un buen momento donde nos reímos bastante de nosotros mismos y se repiten anécdotas que sabemos de memoria. En mi caso ya no tengo el fanatismo por la camiseta y me gusta ver un buen juego, por sobre todas las cosas, si perdemos no me siento afectado. En cambio hay otros que sí se lo toman a la tremenda y lo sufren. Cada tanto aparece alguien que no viene nunca, a quien no esperábamos o no veíamos hace mucho tiempo y por supuesto que se le hace un lugar. Otros prefieren ver el partido de pie y se ponen al costado de la tribuna y desde ahí hablan con nosotros y quieren ponerse al tanto de todo, en solo cinco minutos.

El sábado pasado tuvimos la visita de “Rompehuesos”, de quien durante varios años solo escuchábamos historias que llegaban amplificadas. Decían que estaba preso en Devoto, otros que estaba internado por una golpiza que recibió cuando iba a cobrar una deuda de un tercero, también que lo habían contratado de guardaespaldas de un intendente del conurbano, que había sido amante de una conocida conductora de televisión y de otras famosas. Lo más concreto es que estaba ahí con nosotros. Vino por mi lado y solo a mi me saludó personalmente, envolvió mi mano con la suya, haciéndome ver que siempre habrá uno que la tenga más grande. A los demás les hizo un saludo general. El jugó en una época en la Intermedia del club, el segundo equipo. Era muy fuerte, de una gran contextura física, medía algo menos de dos metros y era un asiduo concurrente de los gimnasios. En ese tiempo trabajaba de ‘patovica’ en la entrada de los boliches. Siempre tenía auto y muchas veces me llevaba a casa después de los entrenamientos, que siempre fueron de noche.

Un día bajó y mi madre lo invitó con un licuado de banana, a partir de esa noche el licuado se transformó en un hábito. Cuando ya no jugábamos más nos veíamos y el siempre me decía “¡Vamos a tomar un licuado!”… También me lo dijo el último sábado. Era muy peleador en una época en que todavía se podía pelear en la calle. En alguna de esas llevadas a mi casa tuve que acompañarlo a pegar unas cuantas trompadas. La primera vez fue cuando otro auto se le cruzó mal y el entonces lo encerró, obligándolo a parar. Yo era su acompañante, me miró y me dijo “¿Lo boxeamos?”. Yo me quedé mudo, entonces él bajó y cuando el otro tipo bajó el vidrio para hablarle, aprovecho la situación, lo agarró de los hombros y lo sacó por la ventanilla, después le pegó solo dos trompadas para dejarlo tirado y decirle “La próxima vez fíjate bien por dónde vas”. “Se la merecía”, me dijo cuando subió de nuevo al auto y nos fuimos a tomar el licuado de banana.

Otras veces ante la misma situación tuve que participar de las peleas “¡Baja rápido que son cuatro! ¡Con los vidrios oscuros yo veía a uno solo!” me dijo. Nos peleamos contra los cuatro que quedaron bastante arruinados, y yo llegué a casa con un corte en la ceja y a mi amigo guardaespaldas le sangraban los nudillos de ambas manos. Dijimos que fue en el entrenamiento, igual tomamos el licuado y después me llevó a un sanatorio para que me dieran cuatro puntos. Nos seguimos peleando en la calle por un buen tiempo, casi por deporte, hasta que eso de “los boxeamos” pasó a ser una broma, que repetimos por años.  El decía que los autos de antes eran mejores porque tenían ventanillas mucho más grandes y así podía sacar de su asiento a los tipos, con solo agarrarlos de los hombros y tirarlos sobre el asfalto. “Los autos de hoy son una mierda”, decía riéndose.

“Rompehuesos” nunca fue un buen jugador de rugby, era fuerte sí, pero el rugby también necesita otras cosas y él no las tenía, le costaba agarrar la pelota y generalmente su juego estaba centrado en cagar a trompadas al que él elegía. De cualquier manera él quería jugar en Primera y lo manifestaba, diciendo que no lo tenían en cuenta. Una tarde decidió ir hasta la casa del capitán de Primera para apurarlo. Mario, que era el capitán, estaba tranquilo y solo en su casa cuando se le apareció “Rompehuesos”

“Mirá, te quiero preguntar porqué yo no juego en Primera, te digo que a los dos segunda líneas de Primera los agarro en la calle y los cago a trompadas a los dos juntos…”. Mario trató de hacerle entender que jugar al rugby es otra cosa, pero la reacción de “Rompehuesos” no fue muy sensata, y mientras le hablaba le golpeaba el pecho con su manopla. Entonces Mario inventó algo para irse y pudo zafar la situación ese día. Poco después lo pusieron en Primera y al segundo partido lo expulsaron. Las sanciones en el rugby son muy severas y lo suspendieron por tres años.

“Rompehuesos” se quedó parado al lado de la pequeña tribuna, de mi lado. De pronto me dijo “¿No tenés frio? Yo tengo muchas camperas ¿Querés que te de una?”. Me vi sorprendido pero me lo dijo tan seriamente que no quise contradecirlo y acepté. “Dame tu teléfono y te llamo para que nos encontremos y te doy la campera”, me dijo él.      

En la semana me dejó un mensaje en el contestador diciendo que quería que nos encontráramos como habíamos quedado. No le contesté de inmediato y un poco más tarde me dejó otro mensaje que decía “Va a ser mejor que le devuelvan el teléfono al señor de Vedia ¡Chorros hijos de puta!”. Entonces lo llamé y me dijo “Creía que te habían afanado el celular”. Tiene reacciones que me hacen reír, pero sigue dando la impresión de ser un tipo con el que no se jode. Me esperaba en un café de Victoria para darme la campera. Cuando llegué al lugar, vi a través de la ventana que él ya estaba sentado tomando un café. Miré tratando de descubrir una campera, porque todo me había parecido muy extraño. Nos saludamos y enseguida descubrí una campera roja colgada del respaldo de una de las sillas. Yo también tomé un café y él me preguntó donde vivía. No quise darle precisiones y cambié de tema.

El habló de lo bueno de encontrarnos y me dijo “¡Cuantos boludos sigue habiendo en el club! Yo con vos todo bien, pero a los que estaban el sábado los cagaría a trompadas, decí que están viejos y ya no da ni para pegarles una cachetada”. Mientras tomábamos el café observé que la campera que él me estaba “regalando” era idéntica a una que yo tenía, pero hacía mucho tiempo que no la veía en mi placard. Nos despedimos y volví a casa con la campera roja que no es muy común, es para lluvia y para navegar, “Nautic Equipment” dice la etiqueta del cuello, pero puede usarse cualquier día, es roja, tiene una capucha que se desenrolla que es amarilla, tiene bolsillos grandes a los costados y también en el lado interno. Hasta ahora no había visto otra igual.

Busqué en los placares de casa y no la encontré, entonces me probé la que me dio mi amigo, me quedaba un poco grande, no era la mía, de eso estaba seguro. Casualmente al día siguiente empezó a llover y me puse la campera roja. Caminé por el barrio, por la Avenida Perón, fui al banco, a la ferretería y en la farmacia lo vi a “Rompehuesos” en el gabinete donde toman la presión y aplican inyecciones. En el perchero de la entrada había una campera roja igual a la mía, me di cuenta rápidamente de quien era. La miré bien, para confirmar que fuera, me saqué la que llevaba puesta y me puse la mía, aunque no pude discernir como había hecho mi amigo para quedarse con la mía y darme otra que me quedaba grande. Me moví de manera que él no me viera y me fui caminando a casa.

Al rato recibí un llamado al celular, era la inconfundible voz ronca de “Rompehuesos”“Escuchame Tachin, necesito las llaves del auto, que están en el bolsillo de la campera”. Nos encontramos de nuevo en el mismo café y le di las llaves. Nos sacamos una foto con el celular, posando con nuestras camperas náuticas. “Che, qué mal jugamos el sábado, no hay ninguno que se enoje, no pegan ni una trompada”, me dijo el viejo boxeador callejero. El insistió en que tendríamos que juntarnos al menos una vez por semana. Antes de irme me dijo “¿Necesitas un traje? Avísame porque tengo muchos y a vos te puede venir bien”. Cuando llegué a casa fui directo al placard y encontré solamente un traje de los dos que tengo hace años. Tendré que esperar otro llamado.

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