Los acontecimientos vividos como fracaso están relacionados a la capacidad personal que poseemos para manejar nuestras emociones. A las personas con baja tolerancia al error les cuesta manejar situaciones de stress, o sea, eventos relacionados con un resultado personal. Generalmente, estos individuos han sido sobreprotegidos en su infancia. Son frágiles, sensibles, con miedo a las evaluaciones y a la equivocación, ya que no están acostumbrados a resolver problemas por sí mismos. En el polo opuesto encontramos personas sobre-exigidas, los perfeccionistas, que no toleran la frustración porque todo lo necesitan hacer bien.

Muchos jugadores poseen muchas condiciones y trabajan duro para conseguirlo. No obstante en el partido se bloquean ante el primer error, y se critican, se desmotivan o reaccionan con ira. Esta forma de actuar se va formando en los primeros años. En la primera infancia es importante que los deseos del niño se satisfagan de inmediato, que la madre cumpla con la acción específica de brindar una sensación de seguridad y estabilidad, ya que es elemental para su desarrollo posterior emocional.

A medida que el niño va creciendo, en necesario enseñarle que no siempre se puede tener todo lo que se desea, desarrollando la capacidad de espera, tolerancia a la falta y aceptación a cierta molestia o demora en la obtención de lo que se quiere.  Es decir, va aprendiendo a tolerar la frustración, la tardanza en lo deseado, a soportar las vicisitudes del ambiente, a aprender a satisfacer sus deseos y necesidades por él mismo, en vez de esperar pasivamente que otros lo hagan por él.

Para ello, no se debe caer ni en la sobreprotección ni en la sobre-exigencia. De esta manera, se van instaurando internamente las normas, los límites que nos van marcando lo que se puede y lo que no se debe, y las normas morales de tolerancia mutua. Luego de adultos, actuaremos de acuerdo a cómo hemos sido programados, otorgando nuestra interpretación a los hechos y sus correlativas emociones en cuanto éxitos y fracasos.

Para lograr un Yo fuerte, necesita tener o aprender a incorporar mensajes y normas parentales que le ayuden a aceptar, elaborar y resolver situaciones frustrantes. Cuando esto no sucede nos encontramos con niños que actúan de acuerdo a sus necesidades más próximas, no toleran la espera, ni pueden sustituir un deseo no disponible para otro momento. Son los chicos de la “inmediatez” o del “todo ya”.

En todos los ambientes de la vida es fácil percibir a quienes al no obtener lo que deseado se manejan con el escándalo, el grito, el capricho, el enojo. No logran admitir que las cosas no siempre son como ellos quieren, que también hay otro con necesidades y deseos propios y una ley que marca la diferencia.  Para ellos los demás son malos, tienen la culpa, se victimizan y quejan continuamente, y no poseen las herramientas para lograr ellos mismos satisfacer sus necesidades, en lugar de la queja.

Esta información debe ser tenida en cuenta por entrenadores y profesores para poder medir y/o estar atento qué medidas tomar ante la explosión de estas conductas en los pequeños, y por qué no en los grandes, en observar la poca tolerancia ante un error y trabajar en ese aspecto. Esta es la manera en que se vive el fracaso en personas que no han sido desde pequeños “entrenados” en la búsqueda y logro de sus deseos y necesidades más básicas, en la fortaleza de su Yo, herramientas necesarias para soportar el bloqueo, la agresión, la irritación y la ira ante una falta o error.

Lic. Julia Alvarez Iguña

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