“Nunca me voy a olvidar, los días que ya no vendrán…”.

Sonaba la voz de Vicentico en ese bondi atravesando la campiña francesa en aquel invierno europeo del año 87’, internamente pensaba que esos inolvidables días que estábamos viviendo no volverían a ocurrir…, pues me equivoque…

Hace dos años atrás un grupo de locos lindos comenzaban a planear la gira del reencuentro, 30 años después de aquella maravillosa experiencia de rugby y amistad que vivimos durante más de un mes, y que marco nuestra historia como Hombres de Rugby y de Torcuato para siempre…

Todo volvía a comenzar muy temprano en la mañana en el aeropuerto de Ezeiza, poco a poco iban llegando desde diferentes lugares del Gran Buenos Aires y se iban fundiendo en un abrazo, sobre todo con el Momo Guitart quien está radicado en la hermosa ciudad de Bariloche.

Lamentablemente antes de embarcar nos llegaba una mala noticia, el Frances Troismonts Padre no podría viajar, un sabor agridulce nos invadía a todos, la felicidad del sueño cumplido no podría ser completo, la persona que nos guio y que nos banco 30 años atrás cuando las cosas no pintaban bien no podría viajar. Igualmente estaría con nosotros durante toda la gira, en los recuerdos y anécdotas imborrables, pero sobre todo en el cierre, en el momento mágico y único de cada gira, el recuerdo del querido entrenador en forma de agradecimiento salió espontáneamente en los discursos de todos los integrantes, por todo eso y más…

¡¡¡Gracias por todo Frances querido!!!

Primer destino las playas de Cancún, llegábamos al hotel y los reencuentros se hacían interminables, el Lobito Antuña desde San Francisco, el negro Bernie y Emilito desde Miami, y por supuesto el interminable Chebi Troismonts desde México DF., ya estaban todos, ya éramos un equipo, ya estábamos de gira, Increíble!!!

Una vez instalados, y aunque las rondas de mojitos hubiesen comenzado había que prepararse para el sábado, para el gran partido…, si…, un partido de rugby, como podíamos irnos de gira y no volver a jugar después de tanto tiempo, para hacer locuras hay que hacerlas completas.

Así que…

VAMOSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS.

Una tocata en las blancas playas del caribe nos hacían retroceder mucho tiempo atrás, arrancaban los “chomas” de Tato (amague con sonido), los fidjianos cambios de dirección del negrito, las arrancadas del Momo y la velocidad de motoneta Picard, estábamos de vuelta…, nada había cambiado.

Esa primera noche se mezclaron muchas cosas, las viejas anécdotas que volvían a resurgir, el recuerdo de los que no habían podido estar, las ganas de que la noche no terminara, la responsabilidad de que al otro día había que jugar.

Pero había algo que sobresalía sobre todo lo demás, las risas y la alegría de 20 viejos locos que aún perdura en mis oídos y en mi imaginación, todavía una semana después del viaje sentado en alguna terraza frente al mar mediterráneo, me doy vuelta al escuchar una carcajada y trato de encontrar al Rata o a Marchelito, bromeando junto al Chuly y el Capi, o seguramente inventando alguna joda para hacerle a Horachito o al Peruano…, inmediatamente reacciono y me acuerdo de donde estoy, pero la sonrisa tarda bastante tiempo en borrarse.

Y llego el gran día, poco a poco y a la hora señalada nos íbamos juntando en el hall del hotel perfectamente uniformados y aunque alguna risa nerviosa surgiera, la concentración comenzaba a palparse en el ambiente. Llegábamos a las instalaciones deportivas y nos encontrábamos con el equipo de Veteranos de los Jaguares de México, al frente de ellos otro torcuatense, Juan Manuel Eugeni entrenador radicado hace varios años en el DF mejicano, viejo conocido nuestro, ya que lo habíamos entrenado desde pequeño hasta llegar a jugar en la primera de Torcuato con varios históricos como Tato, el Peruano y quien escribe.

Al entrar al vestuario las risas menguaban, el olor a cremas calentadoras nos transportaba en el tiempo, ya no estábamos en México, estábamos en la Santboiana, en Bordeaux o en la Rochelle…, estábamos de gira con Hindú…, había que darlo todo.

Calentamiento serio, estábamos todos preparados, se acercaba el momento, pero antes la arenga del Capitán, el rondo en silencio, todos apretados con los puños cerrados escuchando, y el Chelo Martínez nos pone por las nubes con sus palabras, saltan algunas lágrimas y salimos al campo, como el Ave Fénix allí estábamos de nuevo, en un campo de rugby con la celeste y amarilla, con los ojos húmedos y el corazón a mil, no existe nada mejor…

Y nada cambio, lo dimos todo, atacando como locos de la mano de Tato y el Momo, con la magia del Capi y la velocidad del Canario, con el Manchadito, Marchelo y Emilio tackleando todo lo que se movía, con el oscuro trabajo de Horachito, el Zamba y Migua, los hermanos Antuña era un paredón aunque los mejicanos fueran más jóvenes, el despliegue de Bernie y el Frances, la entrega de Sutton y el Chully, el descaro del Rata y Chupete como si el tiempo no hubiera pasado, y por supuesto el Peruano, el gran Marcos desde afuera alentando y guiando a sus compañeros, dando un consejo o pegando un grito para incentivar al derrotado, la rueda de auxilio que siempre quieres tener a tu lado, en síntesis, Enormes todos!!!

Tuvimos el partido en la última pelota luego de un pasamanos sensacional, pero cuando el aire no llega al cerebro es difícil decidir acertadamente y se nos escapó. Y aunque podíamos haber seguido jugando, alguna cabeza coherente decidió terminarlo ahí, era lo más justo y lógico, lo habíamos dado todo, no había ningún lastimado, solo todos los golpes posibles en todos los lugares posibles y aunque las piernas no respondían, éramos felices, muy felices…

La emoción del Momo lo hacía arrodillarse y entre lágrimas agradecer a los que le habían permitido volver a sentirse un jugador de rugby, la emoción de todos nos unía más que nunca en un solo abrazo, llegaba la hora de relajarse en la ducha y asistir al tercer tiempo, ahí seguro que no nos iban a ganar…

Y no nos ganaron, entrega de premios y obsequios, grandes anfitriones los Jaguares de México, una noche larga regada con ron y tequila, imágenes imborrables, imágenes inenarrables, final de un día largo, final de una noche eterna, el majestuoso cierre para el día en que volvimos a ser jugadores de rugby, jugadores del Hindú Club de Don Torcuato, da lo mismo donde sea, Montevideo, Mendoza, La Rochelle, Paris o México, un equipo de rugby perdura a través del tiempo y la distancia, un equipo de amigos vive eternamente unido, creo fehacientemente que nuestra camada es un fiel ejemplo de ello.

Y pensar que todavía yo no había llegado, parecía que me había perdido media gira por todo lo que me contaban y me enviaban por video, gracias a ello me sentí parte de estos días, aunque internamente agradecí no haber llegado antes, ya me veía jugando con una cadera rota, la bronca que me hubiera comido hubiera sido interminable…

Y ahí estábamos todos, como unos auténticos pendejos, el tiempo no había pasado, las mismas bromas, los mismos rituales de siempre, no podíamos parar de reírnos, de disfrutar, de mimarnos y volvernos a reír, Increíble…

La estadía en Cancún transcurrió entre las primeras despedidas por cuestiones laborales y de Familia, la primera charla emocionante a cargo de cuando no, el Flaco Picard, el viejo e interminable Chupete, nos hacía saltar las lágrimas con unas palabras directas al corazón, Inolvidable…

Antes de despedirnos alterábamos toda la fauna de los manglares y los arrecifes que rodean a este paraíso, unas carreras de lanchas biplaza alborotaban a los caimanes, tucanes, cangrejos y otras especies que rondaban por ahí, era Torcuato de gira, me imagino que tanto los bichos como Greenpeace supieron entender, el Elefante es mucho Elefante…

Segunda escala de la gira, La Habana Cuba, al llegar inmediatamente sentimos el contraste del lugar de donde veníamos, incluso hubo miradas como diciendo…

¿Qué hacemos acá?

Pero todo cambio con un par de horas de descanso, subirse a uno de esos coloridos carromatos y sumergirte en la hospitalidad del pueblo cubano y ese ritmo que te envuelve desde su manera de hablar hasta el sentimiento de su música caribeña. A partir de ahí es disfrutar de todo y claro que lo hicimos, en grupos separados o con la delegación al completo, todos nos enamoramos de La Habana, aunque lo mejor estaba por llegar…

Sabíamos que oficialmente además del partido con los Jaguares mejicanos teníamos que realizar una clínica de rugby en la Universidad de La Habana, tanto Emilio Ferro desde Miami como Marcos Casani desde Baires, se habían ocupado de organizarlas, gran tarea de ambos, aunque no teníamos idea de lo que nos encontraríamos al llegar…

A medida que íbamos bajando de los taxis las caras de admiración por el escenario magnifico e imponente iban in crescendo, al bajar las escalinatas del estadio las manitas y manotas extendidas nos mostraban el interés que había por nuestra presencia, y cuanto más nos adentrábamos en ese gigante vetusto la emoción nos carcomía el estómago…

Realmente en ese momento comprendí la importancia de lo que estábamos haciendo…

La introducción del Chully y del Peruano fue el puntapié inicial para separar grandes y chicos y comenzar a trabajar. Más de dos horas estuvimos bajo un calor abrasador y los chicos querían más y nosotros también, fue algo inolvidable y quizás difícil de explicar, el rondo final con los más chicos, la emoción de los grandes con las camisetas de Hindú que les regalamos, todos se llevaron algo, pero hay un momento que marco nuestra gira y conmovió a nuestros anfitriones, en la enésima foto de conjunto, todos abrazados, casi espontáneamente comenzamos a cantar el himno de Torcuato, el himno de nuestro Club…

Aun hoy con un nudo en la garganta recuerdo ese momento, ahora mismo todo tiene sentido, todo lo que nos enseñaron desde chiquitos se lo transmitimos a una treintena de chicos de La Habana, el valor de esas dos horas ahora mismo es incalculable para el corazón de este viejo segunda línea, por eso el rugby es siempre dar, sin esperar nada a cambio, porque cuando vuelve te aseguro que es incomparable…

Al otro día arrancábamos para Varadero, otro paraíso, lugar de cierre soñado por el Presidente de Gira, el Rata Delmastro, y aunque las energías seguían a tope, los días eran más relajados y por supuesto igual de divertidos, aunque encontrábamos un nuevo desafío para nuestro cuerpo, torneo de vóley playa, mamita…

Sabíamos que el final de la gira estaba cerca, pero nada nos detenía, aunque inconscientemente tratábamos de estar todos juntos siempre, sin separarnos, disfrutando cada instante, cada atardecer, cada ronda de lo que fuera, ahí estábamos todos…

Siempre juntos…

Y así llegamos al final, todos juntos, ultima cena, ronda de sillas junto a la piscina, 17 tipos diciendo lo que sentían en ese momento, con lágrimas y pasión cada uno dijo lo que significaban estos 30 años juntos y separados bajo el cielo de Torcuato…

30 años son muchos, algunos desde los 5 años con la misma camiseta, viviendo al lado del Club, yéndose al descenso, despidiendo amigos para siempre, encontrando el amor incondicional, viendo corretear a nuestros hijos en la cancha uno, saliendo campeones, dando el primer beso, haciendo el primer try, también la primera locura, encontrando amistad, también siendo incomprendido, entrenando chicos, también perdiéndolos, sembrando un árbol, escribiendo un libro…, tantas cosas, es interminable, es inexplicable…

Así termina esta historia, una historia de rugby con amigos, la mejor que te pueden haber contado y la que nos diferencia con el resto…

Me tocó vivirla en Torcuato, el mejor lugar del mundo con otros veinte atorrantes, no ganamos nada, no jugamos en Los Pumas, no jugamos un Mundial, pero no hay un minuto donde no me recuerde como salir adelante en esta vida…

Luchar hombro con hombro junto a mi mejor amigo, cada pelota que me brinde el destino, cada pelota que me llene el corazón…

Hasta siempre Hermanos…

Y Gracias por darme tanto…

 

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