Me compré un sobretodo gris, bastante largo, entallado al cuerpo, con muchos bolsillos secretos y unas solapas grandes como alerones. Durante varios meses estuvo colgado dentro del placar nuevo. Lo puse entre un grupo de trajes viejos, que esperan en vano que alguien muestre interés por ellos. Creo que suman años en desuso y en su momento costaron unos buenos pesos.

Siempre digo que no hay que comprar esa ropa que algunos dicen que es para toda la vida, porque es la moda la que dicta sentencia sobre lo que habremos de ponernos. Entonces me inclino por algo económico, ante lo efímero que termina siendo.

Estoy enamorado del placard nuevo con sus puertas corredizas que ocupan toda la pared, desde el suelo hasta el cielorraso de la habitación. Corren muy fácil y las manejo con el dedo meñique. Las abro y las cierro cada vez que paso por ahí, como si fuera un toc, no lo puedo controlar. Lo hago más de una vez al día.

Creo que tiene que ver con mi obsesión por contar con cosas que funcionen bien, que no es para nada fácil. Me motiva verlas deslizarse suavemente. No me importa lo que tengo guardado, solamente que las puertas corran bien y el placar permanezca hermético. Guardo otras cosas que tienen que ver con los recuerdos, que quiero dejar atrás.

Ya no me interesa tener los cuadros de mi carrera deportiva en las paredes de mi casa. Los coloqué en una gran caja plástica, que compré en un supermercado y la puse en el estante alto del placar, el más inaccesible. La tentación de mirar para atrás se hace presente, pero ya no quiero vivir del pasado. No creo que todos esos cuadros lleguen a formar parte de una subasta de obras de arte. Mi mujer ha insistido en querer colgarlos en las paredes de mi escritorio.

–Aunque sea algunos, me dice ella.

Yo no quiero saber nada de eso, quedaran guardados hasta ser olvidados.

–Es una lástima que no los pongas, es una etapa de tu vida, insiste ella.

Quiero mirar para adelante, imaginar los nuevos cuadros de mi vida.

Un domingo más, de esos en que no hacíamos nada, con la televisión prendida en cualquier canal, mi mujer me dijo –Hay una gran venta de ropa de marca en el hipódromo de San Isidro.

Hacia allá fuimos y como ella insistió me terminé comprando el sobretodo gris. Nunca había tenido uno, no me lo compré convencido, pero algunas veces tengo que ceder y lo hice para estar bien con ella.

No es fácil ser uno mismo siempre. Lo cierto es que me lo probé, hice un pequeño desfile para levantar el ánimo y meter una sonrisa en ese domingo tedioso. Me miré en un largo espejo y me sentí un gangster, me reí por dentro.

–Lo tenés que usar, me dijo ella.

No le respondí, pensé en guardarlo muy seguro de que nunca lo iba usar. Lo colgué en una antigua percha de madera. Le puse la funda plástica que tiene un cierre que lo hace hermético como una tumba.

En uno de los bolsillos interiores dejé el ticket con el precio, como un dato para que en el futuro cuando alguien lo abra pueda darse cuenta de la inflación descontrolada. Por fin lo metí en el placar de las impecables puertas corredizas. Entre los viejos trajes que tenían también su historia. Con uno de esos me case cuando era muy joven. Con otro me comprometí cuando ya era un hombre adulto. Nada de eso funcionó. El sobretodo gris tenía su lugar entre esos trajes de mi pasado.

Creí que en poco tiempo me habría de olvidar de esa ridícula compra compulsiva. Pero las cosas muy pocas veces son como las imaginamos. La vida está cargada de imponderables y es como una película que se proyecta demasiado rápido para que entendamos todo lo que ocurre.

Eso es lo que me ocurrió cuando empecé a darme cuenta que una de mis actividades habituales estaba siendo concurrir a entierros, al menos uno por mes. Lo asumí espontáneamente, es una de las actividades más concretas de esta etapa de mi vida. Amigos y conocidos mueren cada vez más seguido.

Son balas que pican cerca. Tengo una aplicación en mi teléfono que me informa sobre cómo llegar a todos los cementerios de la Capital y casi todos los del conurbano. Mientras sea yo el que maneje estará todo bien. ¿Cómo será cuando me lleven? En cada entierro nos encontramos con los amigos. Si para algo sirven tantas muertes es para poder vernos la cara y dar fe de que todavía estamos vivos. Aunque siempre forma parte de la actualización el informe de alguna muerte que se nos pasó de largo y no habíamos registrado.

– Es que somos muchos, suele decir Jaime. Claro, haber formado parte de un equipo en el que juegan quince contra quince, lo convierte sin proponérselo en un tráfico incesante hacia lo que llaman la última morada. En los cementerios los temas de conversación giran siempre sobre la misma temática. Ya no se habla de mujeres, ni de nuestros records sexuales. Los temas son otros. Se habla de enfermedades, operaciones de próstata, los stends en las arterias y la cantidad de remedios ingeridos. Y por supuesto de rugby y hacia dónde va el juego. Aunque siempre hay algún relato sobre las maravillas que produce la pastilla azul.

Se exagera un poco, pero hay testimonios que hablan de una erección de veinticuatro horas. Me alejé un poco del grupo, para reflexionar y respirar tranquilo. Nada mejor que poder ir caminando por el pasto bien verde y mullido, gambeteando lápidas hasta encontrarme con la tumba de un viejo amigo. Volví hacia el grupo de personas que se habían quedado conversando en círculo. Noté que todos mis amigos tenían puesto un sobretodo gris. ¿Cómo no lo vi antes? Me cuestioné.

Eran un equipo de hombres grises de tono casi uniforme. Podrían ser integrantes de un operativo del AFIP. O de los vendedores de biblias que transitan los domingos por mi barrio, predicando y tocando el timbre en el peor horario. Instalé un botón interruptor del timbre para poder dormir la siesta. Aunque los predicadores golpean las manos y se hacen oír. -Te traemos la palabra del señor, me gritan desde la calle.

Recordé cuando nos cambiábamos para salir a la cancha. Todavía siento el orgullo de ponerme la camiseta, como un momento glorioso. Ahora nos vestimos con otro uniforme, que viene a ser algo así como nuestra última camiseta. Me quedé mudo, impresionado por lo que había descubierto.

Cuando manejaba de vuelta hacia mi casa empecé a sentirme otra vez parte del equipo. Tenía ganas de demostrarlo. Fui directo al placar nuevo, busqué la percha de madera, la saqué de un tirón. Abrí en una sola pasada el cierre de la cubierta de nylon y desenfundé mi sobretodo gris. Lo liberé de un largo encierro.

La solapa lucia imponente, me lo puse y desfilé por la casa mirándome en todos los espejos disponibles. En lo posible convendría que las muertes sean en otoño o en invierno. La tela de este sobretodo brinda un calor importante. Va a ser difícil usarlo todo el año. Porque ya está bastante establecido puesto por puesto, cuando le toca morir a cada exjugador. Dicen que las grandes segundas líneas mueren en enero. Lo escuché en el entierro de Adrián, por los nombres que se mencionaron debe ser cierto.

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