Una oleada de hormigas hambrientas busca el camino que las aleje de las tierras áridas. Solo unas pocas podrán dar testimonio del tsunami blanco, que se llevó consigo a la mayor parte de ellas. Luis no percibe el fenómeno que acaba de provocar. El tiene una misión y la cumple a su modo. Con una regadera de chapa galvanizada sigue derramando cal, tratando de ponerle límites a una cancha que es toda de tierra. La cal desborda las líneas, como un rio caudaloso se sale de su cauce, creando figuras amorfas, caricaturas que se extienden, porque la tierra blindada no absorbe y el líquido blancuzco se desparrama a su antojo. El canchero continúa con su labor solitaria, que tiene la costumbre de realizar en horarios nocturnos. Las líneas de cal se ven de noche, le han servido de guía cuando no hay luna. El hombre está metido dentro de un mameluco azul desteñido por la cal, alpargatas negras, con el talón a la intemperie. Las líneas de cal ya no se borran con una simple lluvia, es uno de los secretos que Luis esconde. Lo que sobra lo usa para pintar el tronco de los árboles, formando una barrera contra las hormigas voraces. El canchero vive solo, en un húmedo ambiente, debajo de la torre de agua. No se le conoce mujer y circulan versiones de su adicción a la bebida. No intenta explicar el fundamento de cada línea, las pinta como esbozando una íntima obra de arte. El piso es duro, la pelota marrón no estará muy inflada, para que no rebote demasiado. Las líneas de Luis tienen un significado que pasa desapercibido para los comunes. Las de los costados no son rectas, viborean, no encierran, estimulan la imaginación. La del ingoal es ancha, casi el doble que el resto de las líneas. El canchero carga al hombro otra bolsa de cal, la abre y la tira adentro de un barril de chapa oxidada. Le agrega agua de a poco, para apagar la cal. Una camada de jugadores llevará en sus cuerpos marcas definitivas, raspones y peladuras en las rodillas, en los codos, en las caderas, provocadas por las caídas sobre el piso cementico, en el que jugaron con pasión. Luis entiende el juego, Veco lo admira y esconde el secreto que hoy empieza a develarse. Luis fue el ideólogo de la zanja, el generador de todos sus principios, el inventor del empuje coordinado, el mentor de una filosofía que trascendió fronteras. Villegas apenas si fue el intérprete del hombre de las líneas zigzagueantes. Fue el elegido por una civilización extraterrestre, que detectó su mente poderosa. La versión de la influencia del señor Ocampo, tarde o temprano tendrá que ser descartada, atribuida tal vez a un invento de la prensa, para justificar la enorme inteligencia de Villegas. Una nave averiada descendió sobre la cancha pelada. Veco fue trasladado en un plato volador hasta un desconocido paisaje escarpado, de tonos blancos y grisáceos. Luis era un extraterrestre, ahora dentro de un brilloso traje de viajero intergaláctico. Usando una varilla iluminada, hizo dibujos sobre el suelo polvoriento. Múltiples marcas que indicaban el camino para la comprensión del juego, demostrando un estrecho vínculo con la continuidad de la especie humana. Luis era el Ingeniero, Veco tomó notas en un papel arrugado, que extrajo del bolsillo de su viejo traje gris. El camino de regreso le permitió a Villegas, observar desde el espacio, las líneas que Luis había marcado. El viaje le abrió la mente, vio con claridad que las líneas no terminaban en la cancha que conocía. Se extendían por kilómetros, hasta perderse de vista, formando diversas figuras, que habría de interpretar. No iba a ser fácil relatar lo vivido, decidió mantener el secreto. Sabía que “las imperfectas líneas de Luis” eran las señales para el descenso del plato volador. La cancha quedaría desnivelada para siempre. La forma de la nave extraterrestre provocó movimientos en la tierra. Se hablaría mucho de la barranca, pero él no tendrá opinión al respecto. Se dio cuenta que la clave del mensaje estaba en la interpretación de las líneas. Luis no conocía las medidas exactas del campo de juego. Una tarde la cancha se agranda y en otra se achica. Veco logró comprender, como en un tablero de ajedrez, el más lúcido decidiría el mejor movimiento. Los secretos escondidos como fórmulas inalcanzables, se develaron sobre la tierra de fuego. Villegas estuvo atento, entendió el mensaje y lo desarrolló. Aprendió del hombre que sin ayuda se encargó de definir el perímetro y el dibujo interno del tablero de tierra. Villegas repasó el recorrido de cada línea, diseñó en su prodigiosa mente las posibilidades que tendría el juego, los senderos por recorrer. Desbordó entusiasmo, elaboró los mensajes más positivos que habría de transmitir. Visualizó un futuro promisorio, un juego que se transformaría en imparable, extendiéndose por todos los territorios posibles. Cerró los ojos por unos instantes, le alcanzó para soñar lo que vería al abrirlos: los campos de juego eran verdes. Sonrió de satisfacción, siguió viendo las líneas como nadie lo había hecho, sobresalían de la cancha, continuaban surcando valles y montañas. Muchas pelotas ovaladas entraron en órbita y daban vueltas alrededor del planeta.

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