Una de las más precoces sensaciones de angustia, surge ante la falta de sostén en nuestros cimientos. Es cuando comenzamos a caminar a los tumbos ante la duda, en ausencia de confianza y seguridad en nuestros actos. Desde que fuimos arrojados al mundo, se nos ha enseñado a demostrar ser personas “educadas, respetuosas, amables y virtuosas”. Es así, que crecimos acostumbrados a vivir siempre con el freno de mano a cuestas, pensando, antes de actuar, en la búsqueda de lo correctamente esperado.

Aprendimos que las buenas jugadas siempre se aplauden, en las malas, la mirada se corre de lugar, como en un partido de tenis, buscando aquel que logra despertar una emoción de triunfo. Yo soy  bueno, él es malo; yo soy malo, él es bueno, donde es la pelota quien confirma al jugador. Estamos habituados a etiquetarnos porque vivimos en grupo. Nuestro pensamiento gregario nos ha acostumbrado a no salir de la manada, porque el que se queda solo, no sobrevive. Pero detrás de esta búsqueda de pertenencia y éxito, también se encuentra la creencia de la exigencia, y cuando lo esperado no se cumple, nos consideramos personas con menos valor. Nos vamos comparando con los mejores, y…si no jugamos de la misma manera que el otro, somos un fracaso.

Nuestros educadores siempre quisieron lo mejor para nosotros, pero en esa absurda necesidad de hacer siempre las cosas bien, se olvidaron también de enseñarnos a respetarnos, querernos, y amarnos a nosotros mismos. Que cada jugada, por más insignificante que sea, tiene valor para el equipo, ya que el resultado final, es la suma de todas las que la precedieron. Detrás de todo esto se esconde otra creencia irracional relacionada con los “es que”, los tengo, los debo, idea rígida de un juego que de por si no tiene nada de estructurado. El rugby se caracteriza por su locura, por lo inesperado, lo interceptado, la viveza continua del juego.

Si ante la primera mala jugada ya te transformás en lo que crees que eres, no te estás dando oportunidad de cambio. La próxima la realizás desde ese lugar de fracaso, y por miedo a repetir lo mismo, evitás correr riesgos y controlás cada movimiento. Jugás más con la cabeza que con tu cuerpo, y tu rival te gana en la acción. Hasta que terminaste de pensar lo que tenías que hacer, el otro ya lo hizo.

¿Te acordás de la película “Un domingo cualquiera”?. Así es el fútbol, porque en el  juego o en la vida, el margen de error es muy pequeño, medio segundo más lento o más rápido y no llegás a pasarla, medio segundo más lento o más rápido y no llegas a tomarla, las jugadas que necesitamos están a nuestro alrededor, están en cada momento del juego, en cada minuto, en cada segundo.

Por eso no te quedes viajando tratando de elaborar la jugada perfecta. Salí a demostrarlo. Si ya lo has hecho tantas veces, ¿porqué no lo vas a volver a repetir?. Si la visión que tienes de tí es negativa, así serán tus resultados. Sólo verás lo malo que hiciste, ignorando todo lo bueno que también has conseguido. La negación de la aceptación personal es una de las más dolorosas sensaciones de vacío del ser humano.

Es normal cometer errores y de hecho deseable, porque permite examinar nuestras faltas y aprender lo que funciona y lo que no. Desplazálo también a tu cabeza, y elimina todo aquello que no te ayuda a seguir con tu nivel esperado de juego. Select all, delete, trash.

Lic. Julia Alvarez Iguña
Psicología aplicada al Alto Rendimiento
juliasports@fibertel.com.ar
www.psico-deportes.blogspot.com

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