Faltan pocos días para cerrar otro año, otro nuevo capítulo de nuestras vidas y la de todos los que nos rodean. En mi caso particular, viviendo con intensidad cada momento, intentando que la felicidad y el positivismo se interpongan ante la adversidad que reina y acampa en cada esquina, y aunque por momentos nos dobleguen, salir a la superficie con más fuerza y lucha que nunca, pero sin olvidarme de la lección que nos deja la vida a cada instante: nunca es tarde para seguir aprendiendo… La pasión por el rugby y por la familia aumenta a cada segundo, en cada latido de mi corazón, pero si encima puedo disfrutar de las dos conjuntadas, las palpitaciones son exageradas. Creo que sobre Hindú, mi eterno Club, está todo escrito, aunque quizás este último triunfo en el Campeonato de Buenos Aires significó muchísimo más para mi. El hecho de poder disfrutar la final en directo gracias a la complicidad de mi mujer y de algún amigote, hizo que la emoción a pesar de la distancia, tuviera momentos casi indescriptibles de llanto y de alegría. Por todo esto quería rescatar un escrito que me publicaron hace unos años atrás en el blog. Un escrito que cuenta acerca de mi vida junto a mi familia y al rugby, y como los pequeños momentos se pueden traducir en grandes mensajes de lucha y esperanza. Hoy más que nunca ese “mensaje” continua vigente… Hoy viendo a mis dos hijos crecer rodeados de amigos junto a una pelota ovalada, hacen que piense en lo felices que serán solo recibiendo una mínima parte de lo que se me brindó a mí a lo largo de mi historia. Creo que el círculo se va cerrando de la mejor manera posible, imposible estar más orgulloso y agradecido. Así que sin más, y aprovechando para desearles lo mejor a cada uno para estas Fiestas y para cada día de vuestras vidas, los dejo con estas líneas que hablan de Amor, Rugby y Familia, tres palabras con mayúsculas que marcan el ritmo de mi vida a cada instante. Espero que les guste…

El Mensaje

Me considero un tipo afortunado, no tengo grandes atributos, mi inteligencia es limitada, ninguna carrera universitaria, un jugador del montón, aunque pude haber hecho algo más. En cuanto a lo físico ni hablar, comencé a caminar a los 5 días, porque nadie me tomaba en brazos por lo feo que era… actualmente me arrastro por la vida, con una espalda que debería ser donada a la ciencia para estudiar la devastación de las vértebras. Me vienen a la memoria las palabras de un renombrado especialista de columna aquí en Barcelona: “¿Usted como hace para vivir?” fue la pregunta hace 6 años atrás… Pues vivo, son aproximadamente 10 segundos para recuperar la sensibilidad de manos y pies antes de levantarme de la cama, pero cuando me pongo frente al espejo, me digo: “Cuanta suerte tenés Pacheco, todo lo que viviste y todo lo que te queda por disfrutar”… Y lo disfruto, cuando salgo del baño y veo a mis tres tesoros… ¿qué más puedo pedir?. Me casé con otro segunda línea, que me empuja más que los dos Iacchetti juntos. Junto a ella viví todo tipo de situación, de todos los colores, pero ahí seguimos casi 20 años juntos, más agarrados que nunca, como cuando te aferrabas a las viejas y ásperas Uribarri que te hacían sangrar los nudillos cuanto más presión le metías. Dos grandes regalos nos marcaron la vida. Uno llegó viviendo en Torcuato, y creció corriendo por el verde césped de la cancha uno de Hindú, por ese entonces lo hacía jugando a los piratas con el hijo del ‘Chino’ Pulido, más adelante me daría una grata sorpresa que nunca me esperaba. Casi en el mismo momento que centenares de inocentes sufrían las consecuencias del atentado a los trenes de Madrid, mi mujer aguantaba el dolor que le significaba dar a luz a un gigantesco bebe que llamaríamos Joan, en honor a una persona que nos ayudó muchísimo en nuestros primeros días en tierra desconocida. Joan creció con una sonrisa como su sello habitual, su hermano mayor lo guiaba y cuidaba como solo un ser especial lo puede hacer, verlos juntos era una inyección de vida, que pronto íbamos a necesitar. Hace cuatro años atrás, casi simultáneamente, con mi mujer nos quedábamos en el paro, en la misma semana, nos comunicaban que Joan tendría problemas para desarrollarse normalmente, fue un golpe duro, no teníamos respuesta, ni física, ni psicológica… “¿qué hacemos?”, nos preguntábamos. Pues nada, seguir para adelante, es nuestra forma de vida, para adelante sin tregua. Y ahí estaba él, paradito, esperándonos, con 10 años nos dio la lección más grande de lo que significa el amor por un hermano: se ocupó de él, lo ayudó, lo contuvo, le enseñó… era admirable verlos juntos, aun hoy, se me acerca gente amiga para demostrarme la admiración que sienten cuando los ven a los dos grandotes, nadando juntos, yendo al cine, riendo sin parar. ¿Cuánto amor podemos percibir a nuestro alrededor?, ¿Hay algo más importante? Hoy Joan ha superado todo, se acabaron los refuerzos, los psicólogos, su vida es como la de cualquier niño de siete años, aunque pocos tienen la suerte de tener el hermano con el que creciste, ese que siempre está y que no para de sorprendernos. Manu llegó en un momento dulce, íbamos de celebración en celebración, atrás quedaban los duros descensos del 86’ y del 91’, un mes antes de su nacimiento Hindú ganaba su primer campeonato, ese del último partido contra el Regatas de los Camerlinckx que no se jugaba nada… ¡Qué sufrimiento en ese último penal, que Pablito decidió patear afuera, que explosión de alegría! Luego llegó, esa semifinal del Nacional de Clubes contra el SIC en Olivos, con el ‘Peruano’ dejándose la vida como símbolo de un pack que hizo retroceder al SIC de Roberto Petti y Cía. La final fue contra Alumni en el antiguo Biei, donde la magia del ‘Queso’, nos regalaba dos títulos en menos de un mes. ¡Imposible de creer! Pero a Manu no le iba el rugby, ya viviendo en Europa y siguiendo a nuestros amigos por el sur de Francia, él no entendía el porqué de que esos niños le pidieran autógrafos y le sacaran fotos a su amigo Quesada. “¿Pero por qué papá?” me preguntaba mientras se leía un libro sentado en el bolso con el escudo de Beziers, bajo la vieja tribuna del Aimé Giral, luego de la despedida de Gonzalo con aquel histórico Club. Pues todo ha cambiado: a los 14 años, igual que su padre, Manu comenzaba sus primeros pasos en nuestro deporte, jugando en el infantil del Universitario de Barcelona, ya comienza a sentir que esto es más que un deporte, que la amistad, el sacrificio y la solidaridad pueden ser motores de cosas imposibles, un valor agregado más para todas sus vivencias en tan poco tiempo. Durante el verano, mi vida comenzaba a cambiar, viéndolo correr por la playa, inmediatamente después me pidió las botas de Santi Fernández y el casco de Víctor Matfield, la baba se me caía cada vez que me pedía consejos para entrar a un ruck y cómo formar en el scrum. El orgullo de padre, cuando entrenamos juntos cadetes e infantiles no tiene límite, poder sentir el placer que sintieron tantos apellidos ilustres del rugby, viendo crecer a sus hijos con una ovalada y, de paso, formarse como hombres, es algo que no tiene canje alguno. Al otro lado del Atlántico, otra historia crece paralelamente, la de otro Pacheco, mi sobrino Santi, que comienza a ser arropado por gente como Gustavo Piñeyro, Ariel Ayala y tantos compañeros de Torcuato, aquellos con los que luchamos hombro a hombro en momentos difíciles para el Club. Todo esto que les cuento es simplemente historia de vida, son las cosas a las que nos tenemos que aferrar, buscar todo aquello que nos cree ilusión por mínima que sea, aquello que nos haga vivir, que aquel vínculo de amor que nos enseñaron nuestros padres siga floreciendo, sobre todo en lo que podamos transmitirle a los más jóvenes. Ese es el único legado que nos queda, aquel que nos ilumine en los momentos oscuros, aquel que nos guie entre las tinieblas. La vida es dura, durísima, pero les aseguro, que también es hermosa. Cuando sepamos superar esa adversidad y congoja que nos invade, muchas veces, aunque nos doblegue, debemos seguir pensando que todo puede ser mejor. En estos momentos de celebración para la mayoría, pero difíciles para muchos, lo importante es brindarle cariño a todo aquel que lo necesite, aquel que esté pasando por un mal momento, más que nunca, debemos estar a su lado. No soy nadie en esta vida, pero soy un afortunado, intento disfrutar cada momento como si fuera el último, disfrutar cada instante de la mejor manera… como si la vida se tratase del partido más importante. Háganme caso, mírense a los ojos, miren lo que tienen al lado, eso es lo único que les brindará la fuerza para superar los malos momentos… No les quepa la menor duda. Dedicado a los que iluminan cada segundo de mi vida… ¡GALA, MANU Y JOAN, GRACIAS POR TODO VUESTRO AMOR! Gracias a los que me recuerdan con una sonrisa… Gracias a los que me recuerdan por alguna enseñanza… Gracias a los que me recuerdan por tantos momentos… ¡FELICES FIESTAS PARA TODOS Y EL MAYOR DESEO DE PROSPERIDAD! Torcuato

  • SEBASTIAN

    PACHECO, LA VERDAD QUE TE PASASTE CON LO PUBLICADO, TE FELISITO X TODO LO QUE HACES Y LOS EXITOS ALCANSADOS Y LOGRADOS EN TU VIDA, SI HAY ALGO DE LO QUE ESTOY SEGURO ES DE LA ENSEÑANZA QUE ME DEJASTE DURANTE LOS AÑOS QUE ME ENTRENASTE,TE MANDO UN ABRAZO GRANDE Y TODAS LA BENDISIONES PARA VOS Y TU HERMOSA FAMILIA , DIOS LOS BENDIGA Y LOS LLENE DE PROSPERIDAD,Y SABIDURIA . ( MUNDO )

  • Eduardo Romero

    Impresionante Diego. Un abrazo