El fin de semana pasado jugaban Los Pinos y Virreyes Rugby Club, por el Grupo IV de la Unión de Rugby de Buenos Aires, y tuvo como hecho saliente la agresión a un referee. En el segundo tiempo, el referí Diego Achával cobró un penal contra el equipo local. Uno de los jugadores de Los Pinos, no aceptando el fallo, le gritó: “¿Qué cobrás, boludo?”. Achával no dudó y le sacó tarjeta roja. Enseguida, el agresor trompeó al referee y lo dejó tendido en el piso.

No tengo nada que ver con el jugador que cometió esa infracción. Ya es común ver en los partidos insultos, gritos, amenazas a los árbitros, pero más allá de la falta hacia el referee, quisiera pensar en la falta a la función y el rol del árbitro. 

El deporte es una preparación constante para aplicar a la vida. Una de sus funciones educativas, se relaciona al aprendizaje del manejo y control de las pulsiones o instintos naturales por medio de normas. Son esas normas, esos límites los que nos dan una identidad y nos definen como jugadores y como personas, haciéndonos respetar, pero al mismo tiempo, respetando al compañero y al rival que está al lado nuestro.

Como decía Aldous Huxley (1969) el deporte bien utilizado puede enseñar resistencia, implementar el juego limpio, el respeto por las normas, el esfuerzo coordinado y la subordinación de los intereses personales a los de grupo; sin embargo, mal utilizado, puede promover la vanidad personal, el deseo codicioso y egoísta de victoria y odio entre rivales, y el espíritu colectivo de intolerancia y desdén por los demás.

La competencia es descarga de agresividad sublimada, donde se pone en juego la pulsión o ansias de dominio; dominar los objetos, dominar nuestro cuerpo, dominar al otro. Si viviéramos o jugáramos, en una libertad descontrolada, ya no sería un deporte, sino una guerra de todos contra todos. Es así que se instala la ley, la norma, el reglamento, imponiéndose por medio de la representación del árbitro. Su ley funciona como una obligación externa, que el jugador debe aceptar si no quiere ser penalizado, expulsado, para luego ser reintegrado de nuevo en lo social por medio de la interiorización de la ley moral. Así como el jugador aprende habilidades físico-técnicas, también debe ser entrenado a tolerar situaciones, a perder, donde no siempre se consigue lo que se quiere.

No se logra nada con transgredir, agredir, insultar o golpear al árbitro, a los compañeros o al público. Solo trae consecuencias negativas con la consiguiente expulsión del jugador. No es el árbitro el que expulsa a un jugador, sino que suele ser el propio jugador, el que se auto-expulsa por el número de faltas cometidas, pero… es bien sabido, que la culpa siempre la tiene el otro, en esa tendencia del ser humano de poner afuera lo que no podemos solucionar.

El árbitro sanciona a un jugador no tanto “por” lo que hizo, sino “para” que pueda continuar en el futuro, en el cumplimiento de las normas sociales. El gran peligro reside en ver en los límites, sólo el aspecto empobrecedor de lo que nos quitan y nos prohíben.

El deporte nos hace enfrentar momentos de fracaso y de pérdida, ya que supone la reducción del deseo, donde no todo lo puedo, y el desarrollo de la capacidad de espera, con la esperanza de saber, que lo esperado, está allí afuera, para obtenerlo luego del sacrificio por lo deseado y merecido de nuestro esfuerzo.

Los que entienden que a veces se puede perder creen en la cultura del respeto, en el sacrificio personal y saben admitir la derrota como un aprendizaje, y no como un abandono.

Por el contrario, la persona con perfil de ganador, nunca asume sus propias responsabilidades. La culpa la tiene el otro, el destino, la naturaleza, la mala suerte, el árbitro.

Lic. Julia Alvarez Iguña
Psicología aplicada al Alto Rendimiento
juliasports@fibertel.com.ar
www.psico-deportes.blogspot.com

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