No estoy hablando de Jesús,  ni de Buda, ni de Mahoma, tampoco de Tabares. El tipo al que me refiero es un flaco que vive en Villa la Angostura. Se llama Miguel y es mi hermano. Ya pasaron veinticinco años desde que llegó a la Villa, junto a Fabiana, para trabajar de maestro en la escuela del estado, cumpliendo con una vocación y con el sueño de vivir en este lugar hermoso. La casa del jefe de correos fue su primera vivienda, ya que el hombre había muerto y no tenía reemplazante hasta ese momento. Un tiempo después tuvieron su propia casa. 

También tuvieron cinco hijos. La dureza del clima hizo que  pasaran muchas horas dentro de la propia casa. Esa vida interior entre la lectura y la música, los transformó a todos en artistas. El cine, el teatro y sobre todo la música, forman parte de la vida de toda la familia. Aunque Miguel no es un marciano, para él jugar al fútbol fue siempre una pasión. Gran parte del terreno de su casa está ocupado por una canchita con arcos y todo. Sus dos hijos varones no lo acompañaron en su locura futbolera, la música está  muy instalada en sus cabezas. Nacieron para hacer eso. Miguel llegó a jugar varios años en el equipo de la liga regional. Transmitían los partidos por un canal de cable local. Esperaba que lleguemos para mostrarnos un video con sus goles y el relato de un comentarista que se refería a él cómo ¨el maestro¨. Lo vimos muchas veces, hay que entenderlo. Con el rugby no tuvo casi ningún vínculo. Salvo su paso por las infantiles del SIC.

Siempre recuerda al entrenador que lo sacaba de la cancha cuando no pasaba la pelota, aunque haya hecho un try. Cuando se empezó a jugar al rugby en la Villa, me enteré yo antes que él. “Me encontré con unos tipos que están armando un equipo de rugby, se llama Los Coihues“, le dije. En esos días los ayudé con algunas prácticas y varios chicos me dijeron que eran alumnos de Miguel, ¨el maestro¨. Cuando yo le dije a mi hermano, tal vez algo exagerado, una estupidez (“a este lugar solo le faltaba el rugby para que sea un paraíso“),  Miguel  me contestó “este lugar es el paraíso, no le hace falta nada“. Como maestro de primaria tuvo la oportunidad de tener de alumnos a casi todos sus hijos. Vivió como quiso, como siempre soñó.  Hubo momentos complicados en que pensó en la necesidad de dejarlo todo y buscar nuevos rumbos, otro lugar para vivir. La rutina pesa, el clima muy lluvioso te mete a la fuerza adentro de la casa. En invierno el recorrido es de casa a la escuela y de vuelta a casa, que queda a cinco minutos en auto, no hay más que eso. También el crecimiento de la población cambió algunos hábitos. 

Ni que hablar del desembarco masivo de la farándula política, saliendo en la tapa de las revistas de moda, promocionando el lugar. Tal vez un momento difícil  haya sido la partida de los hijos hacia Buenos Aires. Solo les queda Julieta, que el año próximo también se va. Fue entonces en que empezó a criar pájaros, en lugar de ir al psicólogo. En una comunidad en que las infidelidades son un secreto a voces. Los matrimonios se terminan cada vez más rápido, el suyo se mantuvo firme. Con Fabiana son muy unidos, comparten mucho, se van de vacaciones en motos. Ya han llegado hasta Perú y piensan seguir.

Como si fuera un llamado a vivir  intensamente, de pronto ocurre algo que nos saca del letargo, nos sacude y nos hace reflexionar sobre qué estamos haciendo con nuestras vidas. La apacible vida de la Villa iba a ser alterada. La naturaleza le borró la sonrisa al paraíso. El 4 de junio del 2011 los habitantes de la Villa  iban a ser sorprendidos: entró en erupción el volcán Puyehue y llovieron arena y piedras volcánicas, se hizo de noche en pleno día. La ceniza lo cubrió todo, casas, jardines, arboles, caminos. La ciudad quedó aislada del mundo, sin luz, sin teléfonos y sin agua. El 14 de junio a las 9 de la mañana recibimos este mail de Miguel:

Hola hermanos: llegamos hoy a las 12.00 hs al departamento, contentos de estar con los chicos. Vinimos de un tirón viajando toda la noche. La situación en Angostura está difícil y aconsejan (no abiertamente, por supuesto, pero sí inducidamente) autoevacuarse de la localidad. Venimos de 4 días sin luz en todo el pueblo y sigue cayendo ceniza. Ayer salimos en medio de una gran caída y con nula visibilidad. A las tres de la tarde ya era de noche y tomamos en dos horas la decisión de venir. Con dolor, porque aunque no lo digan con estas palabras Angostura tiene a sus pies una catástrofe que llevara meses recuperar. Ahora no pueden garantizar el servicio eléctrico y mucha gente está sin agua, ni teléfono al igual que nosotros. Estamos contentos de estar acá, pero con la angustia arraigada de haber dejado en estas condiciones el lugar que tanto queremos. Nos gustaría poder reunirnos en familia para charlar y renovar las relaciones que pese a la distancia no se pierden con el tiempo.
Miguel, Fabi y Juli.

Casi no nos vimos con mi hermano en Buenos Aires. Ya no es tan fácil como antes vivir en esta ciudad monstruosa. Al mes Miguel volvió para la Angostura. Su casa estaba tapada por arena y piedra volcánica. El paisaje era el de una película de ciencia ficción. Me llegaron fotos con las montañas de ceniza en el jardín. De a poco imágenes de la recuperación, después de un tremendo trabajo de limpieza, con pala y carretilla. La foto de la canchita con un nuevo verde, daban ganas de ir a jugar. La limpieza de los techos fue un trabajo muy difícil, que además iba a tener consecuencias graves. El maestro se cayó del techo del primer piso, impactando contra la carretilla que estaba abajo y se rompió tres costillas.

Tuvo una larga recuperación. Hasta que pudo ponerse el guardapolvo blanco, para ir a la escuela, a seguir enseñando a los chicos de la Villa. Hace pocos días en febrero de este año, tuve la suerte de que me llamara el Chapa: “quiero que vengas a Villa la Angostura, nos invitan para el seven de los jardines, tenemos que darles una mano, porque además quieren mostrar que la ciudad está recuperada y nadie dice nada, esto ya no es noticia, a los medios parece que les conviene la ciudad tapada por la ceniza… ” Por supuesto que fuimos con mi amigo de tantas batallas. Se jugó una tocata en la avenida Arrayanes, sobre el asfalto, en la que participaron los jugadores  infantiles de los Coihues, que ya son sesenta entre los ocho y los doce años. Al día siguiente se jugó el Seven en las Playas del lago correntoso. Participaron equipos invitados de distintas localidades cercanas. Los muchachos de Catriel nos invitaron a la próxima inauguración  de su primera cancha con pasto.

En la primera noche lo sorprendí a mi hermano con mi visita. Hacía mucho que no nos veíamos, después de todo lo que pasó. Comimos empanadas, tomamos vino, vimos una película, otro de sus pasatiempos. Tiene una pantalla de tres por dos, un pequeño cine. Estaban preparando un encuentro musical para la noche siguiente, revisando las letras de las canciones que habrían de interpretar en conjunto con sus hijos que estaban de visita. El no tenía ni idea de toda la movida que había organizado el rugby. Miguel está en su mundo, con la música, la poesía, sus pájaros. Y por supuesto, con su trabajo de maestro para el cual sigue con la misma pasión de siempre, buscando mejorar cada día. En las charlas que tuvimos ese único día en que estuvimos juntos, mi hermano me dijo: “hace rato que te quiero preguntar algo ¿Porqué la gente del rugby habla todo el tiempo de los valores? Se llenan la boca con discursos muy formales y antiguos“. Y agregó ”a mi me parece que cuando se declama permanentemente, algo está fallando, las buenas conductas se practican, se actúa de ese modo, se da el ejemplo, pero no se puede estar recitando permanentemente el preámbulo de la constitución“. 

Mi hermano tuvo poca influencia del rugby. Con la formación que recibió y la vida que eligió, pudo superar las adversidades que se le presentaron. Con las dificultades de cualquier mortal. Y sigue buscando nuevos desafíos. “Para este año pedí que me dieran primer grado, quiero vivir de nuevo la satisfacción de ver como entre junio y julio, los chicos de seis años van a saber leer y escribir” me dijo. El segundo día ya no lo pude ver a Miguel. La actividad del rugby nos llevó todo el día. A la noche lo llamé por teléfono. No pude hablar con él. Después me enteré que estaban tocando y cantando, con sus hijos y amigos. A la mañana siguiente una combi pasó a buscarnos al Chapa y a mí, por la hostería. Fueron dos días muy intensos. También el Chapa pudo estar junto a su hija, que para la primavera le va a regalar su primer nieto.                                                                        

Después de dos días con lloviznas, salió el sol, suele ocurrir al momento de partir. “¿Te pasa algo boludo?” me preguntó el Chapa. No soy muy locuaz por las mañanas, menos si no tomo unos mates… Me senté a la derecha para poder ver el lago en todo el recorrido, hacia el aeropuerto de Bariloche. Estaba muy relajado, completamente satisfecho por los dos días vividos. Por el rugby, que está en todos lados y genera una energía tremenda, una fuerza muy positiva, una hermandad que me amansa. Miré el cerro, el bosque, vi el lago por última vez. Respiré muy profundo con mi abdomen, exhalé el aire muy lentamente. Pensé en mi hermano Miguel, viviendo una vida tan especial. ¿Alguno de ustedes quiere ser maestro…?

Al llegar al aeroparque un remisero desesperado me preguntó: “¿Lo llevo troesma?”

Pinche aquí para ver el vídeo

Actualmente no hay comentarios.