El miedo al ridículo, a no desempeñar el papel esperado, es uno de los más importantes obstáculos del rendimiento deportivo, considerando esta emoción, como una importante variable de la angustia escénica, asociada al miedo que produce el hacer el ridículo en público comprometiendo la autoestima y la confianza. Nos burlamos de Holanda, nos burlamos de Brasil, nos colocamos en un lugar diferenciado, queriendo alcanzar mediante esta actuación un lugar de superioridad, un estado de identidad que no reconoce diferencia ni alteridad, entre sus partes. Freud llamó a este fenómeno: “El narcisismo de las pequeñas diferencias”, dando rienda suelta a lo impulsos inconscientes sin domesticar, como la soberbia y la arrogancia que posee todo grupo o identidad al medirse contra otro. Junto a esta sensación de poder surge la burla, la humillación o el goce hacia el otro, el rival vencido, o el próximo a enfrentar, lo cual implica satisfacción y una descarga inconsciente de lucha y dominio. En este Mundial de Fútbol pareciera estar sumergidos en una competencia narcisista, donde se quiere demostrar quién es mejor que el otro, sumergiéndonos en un poder, en una necesidad de demostración que llega hasta límites impensables, en esta lucha eterna entre pertenencias e identidades. Este gozar al otro, implica colocarse en un estado de completud y superioridad imaginaria, en un lugar idealizado de alcanzar, renegando las faltas comunes a toda persona o grupo colectivo. Nos provee la sensación narcisista de completud, no hay nadie mejor que nosotros, mientras que el Otro, queda a merced de nuestro deseo, aunque sea por un fugaz momento, hasta la llegada del esperado partido. El deporte, la competencia, es un juego reglado, complejo y difícil de predecir. Implica un continuo de movimientos, de emociones, hasta que se inscribe un “gol”, ese grito que nos retorna a la realidad perdida que debemos de asumir. Luego será el próximo vencedor, el que se coloque en ese lugar de goce, de devolver lo soportado, lo humillado, donde el poder cambiará de mando. La final de una competencia exacerba los sentimientos, cambiando el orgullo sano de una nación que permite jugar y pelear un partido al modo de los grandes campeones, por la soberbia y la humillación. De ahí la importancia de jugadores bien entrenados también en su parte mental, para que puedan entender toda esta dinámica que se inscribe en un evento tan importante como un Mundial, para que estén preparados, para saber “no escuchar” todo aquello que se presenta fuera del contexto de juego. El goce hacia el rival, este drama sin palabras, también es una de las presiones externas que todo equipo debe trabajar, para poder mantener la cabeza en lo que tiene que hacer, y no en lo que puede venir.

Lic. Julia Alvarez Iguña Psicología aplicada al Alto Rendimiento juliasports@fibertel.com.ar www.psico-deportes.blogspot.com

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