No quería que se termine el Mundial. Volver a trabajar no estaba en mis planes inmediatos. El sábado tuve un día tremendo. Las horas pasaban en cámara lenta. Traté de dormir de día, como lo hice muchas veces antes de los partidos de madrugada. Una sombra negra acechó mi mente cada vez que intenté conciliar el sueño. Me obligó a estar alerta, preparado para esperar y sorprender a los míticos Hombres de Negro. Abracé a mi heladera y la besé en reconocimiento al mes que pasamos juntos. Fui claro de entrada, ella sabía muy bien que lo nuestro no era para toda la vida. Pero igual se quedó muda.

Salí de la concentración para distenderme un poco. Hice un paseo por el barrio para aflojar las piernas y aliviar las tensiones. Caminé unas cuantas cuadras, subí una barranca, hasta que crucé la Avenida y quedé frente a una iglesia. En la vereda vi a gente que me conocía. Al verme un tipo me dijo “el Padre pidió por Los Pumas“. No quise detenerme, pero igual me fui de la cabeza  ¡Como se mezcla todo! Meten a Dios para dirimir una cuestión que le debería ser ajena. Los All Blacks no son extraterrestres aunque lo parezcan, son de este mundo. La fe se acomoda a las conveniencias. Si llega a salir bien se habla de la fuerza de la fe y si sale mal son los designios de Dios. La confusión se extiende.

Estuve guardado un buen tiempo. Veo mucha publicidad de la campaña política. Se confunde permanentemente el gobierno con el estado, la falta de grandeza salta a la vista. Me asustó el mundo exterior. Esta salida para distenderme me afectó, decidí volver rápido a la concentración. Tenía que hablar con alguien para reflexionar sobre estas cosas. Me paré frente a mi heladera y ella me sorprendió cuando me dijo “a partir de ahora vamos a pensar solamente en el partido, tenemos que centrarnos  en las cosas que podemos manejar, en lo que podemos incidir y descartar todo aquello que no manejamos, que nos es ajeno, de ese modo lograremos hacer uso de toda la energía que tenemos disponible“, terminó diciendo ella con toda frialdad.

Comí mi plato de fideos a la una de la mañana, para llegar justo al partido. Para hidratarme tomé un vaso de agua cada quince minutos. Vi como Australia sin la pelota, pura defensa y tackle contundente, eliminó a Sudáfrica, el último campeón. Me motivó mucho ver como el juego sin pelota logró un resultado tan positivo. Cuando se habla de Australia se piensa de inmediato en sus virtudes en ataque, que lo convierten en un equipo innovador, siempre a la vanguardia del desafío de vulnerar las defensas más estructuradas. Sin embargo, esta vez se pusieron el overol, aprovecharon sus oportunidades, con una defensa muy agresiva y disciplinada a la vez, le negaron a Sudáfrica toda posibilidad de llegar al try. Me quedé impresionado por lo que hicieron los australianos y también ilusionado por lo que podrían hacer Los Pumas con la misma fórmula.

Me contagiaron de tal forma que puse un par de tackles a los sillones del living. Uno de los tackles debió haber sido sancionado con Sin Bin, porque levanté el sillón y le caí arriba. Pero fui yo el que quedó golpeado. Y por reglamento no me pueden infiltrar. Cuando termine todo iré al traumatólogo y el sillón al tapicero. La noche si hizo muy larga. De nuevo la heladera pareció querer decirme algo, pensé que me iba a hacer algún reclamo que tuviera que ver con mis salidas y los celos que le generaban. Pero no, ella estaba sumamente concentrada en el partido. Me paré frente a ella que dijo “tenemos que jugar lo más lento posible, no caer en el juego de ellos que tienen un ritmo imposible de seguir, no hay que cometer infracciones, el tackle debe ser nuestra obsesión, va a ser difícil el referee, no nos va a perdonar una“. ¡Mi Heladera es increíble!

Estuvimos los dos tan metidos durante el Mundial que terminamos conformando una dupla técnica. A lo mejor algún club nos contrata y vuelvo a trabajar. Empezó el partido, acomodé un silloncito de cada lado y yo cubrí el centro de la cancha.  Tuve que hacer de segunda línea defensiva para cubrir algunas patadas al fondo. Los neozelandeses tuvieron el control absoluto de la pelota. Los Pumas respondieron con un tackle tras otro, un jugador siempre abajo y otro arriba trabando los brazos para que no les ganen la espalda. La presión de Los Pumas les hizo cometer errores a los de negro. De pescar ni hablemos, no alcancé a ver el cartel que decía “prohibida la pesca en todo el territorio de Nueva Zelanda”.

Hubo un primer tiempo en que, seguramente, todos creímos en que la hazaña era posible. El try de Farías demostró que no es solo un tackleador feroz: corre y está siempre en el juego, y además puso al descubierto que cuando se los ataca, los All Blacks muestran fisuras. Sino que lo diga Senatore, que hizo una corrida espectacular. También lo hizo Legui y Lucas, el ratito que jugó. El problema fue tener la pelota. El señor árbitro se convirtió en protagonista. Mediante una interpretación muy particular dejó que los de Negro mantuvieran el control de la pelota de cualquier manera, el tiempo que les hiciera falta, haciendo imposible que la pierdan o que la recupere el equipo argentino. El capitán de ellos tiene unos fueros especiales, para entrar por cualquier lado, retener la pelota siendo tackleado, no soltar al tackleado, una impunidad absoluta, parecía el dueño de la pelota.

El referee, cuya profesión no figura en un programa de un partido que tengo en mis manos, pero lo imagino bombero, le dio a los All Blacks una ayuda que no necesitan, mostró una obsecuencia, una complicidad que crea una enorme desigualdad que empaña el concepto de este “gran juego”. Nos ganaban igual, se suele simplificar ¡que lo hagan por las buenas! En una gira que hicimos por Nueva Zelanda, hubo un referee que tenía una interpretación particular del reglamento. Cobró un penal, como la defensa no mantuvo la distancia, cobró diez yardas más, como sus pasos cayeron justo en el ingoal, marco el try, usando las reglas del Ludo. Tendremos que buscar los caminos para que nos respeten en todos los aspectos y tener referatos imparciales. Si este es el juego, habrá que cambiar de nuevo el reglamento, porque no hay disputa. Para sacarle la pelota a esta gente hace falta una orden de allanamiento y entrar con la policía.

Los locales hicieron el primer try a los 66 minutos. Mientras tanto fueron sumando con penales, siempre cobrados en lugares de fácil conversión. En el entretiempo tuve una sorpresa, sonó el timbre, pensé en los mormones que pasan los domingos, pero eran las cinco y media de la mañana. Miré hacia abajo y vi que estaba ella, mi ex pareja, la rubia, la del desencuentro del partido con Georgia. “¿Qué querés?” le dije. “¡Quiero ver el partido con vos!” dijo ella. Subió y se mantuvo en silencio. ”Ponete atrás mío“, le dije “porque acá adelante te pueden golpear“.

Ganaron los All Blacks, por una diferencia exagerada. Ya le vamos a ganar, nos vamos a cansar de ganarles, no falta mucho. Los Pumas tienen más corazón que estos tipos que tienen un profesor de Haka y no asustan a nadie. El Mundial había terminado, estuve tan concentrado que no sé cómo sigue esto, tendré que reflexionar con mi heladera, fiel compañera de esta aventura mundialística. La rubia loca deambuló por el departamento, observando los daños de las cinco batallas disputadas, las paredes manchadas con sangre, los sillones rotos. Yo también di vueltas, buscando una explicación, para poder seguir adelante.  Los mundiales se tendrían que jugar más seguido ¿Ahora qué hacemos? ¿Tendré que volver a trabajar? ¿No convendrá tomarme un tiempo de adaptación?

La vi venir a la rubia por el pasillo, seguí jugando, la frené con un tackle, hice una clara infracción cuando no la solté. Ella me besó y yo respondí. De pronto me dijo “¡Qué lindo es Felipe! ¡Y ese pibe Bosch es un bombón!” y agregó “¡Ahora sí me gusta el rugby!”. Yo la miré pensando “¡Que fácil la tienen los tres cuartos!” Eso no cambia, los forwards tienen que hacer un trabajo artesanal para levantarse una mina, en cambio ellos se la llevan sin decir una palabra.

El Mundial había terminado. ¡Hicimos el amor! Cerré la puerta de la cocina, para que mi heladera no se entere. Con su elocuencia, me la imaginaba haciéndome una escena de celos. Me sentí en paz, no me guardé nada, como el equipo, entregué todo lo que tenía. Al día siguiente empecé a trabajar, pinté el living ensangrentado, llevé los sillones a reparar. “No sé si tienen arreglo“, me dijo el tapicero. En el mismo estadio pienso jugar el Cuatro Naciones el año que viene, solo o acompañado. Por ahora no puedo dar el equipo. Yo sé que mi heladera va a estar, no tengo ninguna duda, ella es la más fiel de todas…

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