Es difícil evaluar el dolor, dolor físico, dolor sentimental, dolor humano, dolor por la pérdida…, hasta donde podemos medir ese dolor, cuál es esa frontera?

Perder a tus Padres, a un amigo, a un esposo, a un hermano, a un hijo…, el abismo, difícil de explicar, de medir, de evaluar, la garganta se cierra, los ojos se hinchan, la boca se seca, golpeamos la mesa con el puño cerrado, Pum!

La calma nos volverá a colocar en nuestro sitio, retomar nuestras tareas, reacomodar nuestra vida, volver a la rutina, con la certeza que habrá gente que estará cubriendo ese vacío, respaldando el momento difícil.
Luego llegará la soledad y la reflexión, habrá que aceptar ese espacio, pero nuevamente estarán los amigos, aquellos que cosechaste, para tenderte una mano y sacarte de la oscuridad.

Siempre me gustó observar a la gente, en el tren, en los coches por la autopista, hasta en la cola del supermercado, aún lo hago intentando visualizar esa perdida que todos hemos tenido, la mirada habla, los ojos son un mapa dependiendo de cada personalidad.
Años atrás, mi último en Baires antes de viajar a Barcelona, trabajando en el corazón bursátil, allá en Perón y Florida, viajaba cada día en el tren de Mitre hasta Retiro. Vestido de Hugo Boss regalado, pero con un peso para ir y volver, tenía la obsesión de mirar a una persona, cada día a medio recorrido hacia Retiro, subía siempre al mismo vagón, donde yo lo estaba esperando.
Meses atrás, un pendejo concheto, con un auto preparado para las famosas “picadas” de Lugones, pasaba frente al Monumental, encaraba el puente y aceleraba en la curva final hacia Lugones.
15 metros por delante en su pequeño coche y a una velocidad normal, viajaba una madre con su hijita, no recuerdo cuantos metros el bólido arrastro al cochecito antes de lanzarlo en una banquina, el pendejo intacto, Madre e hija en la morgue de algún Hospital porteño. 

La mirada de ese Padre era vacía, la fijaba en un punto y luego caía, leía el Clarín y volvía a caer, por momentos la fijaba en las puertas, esperando que los dos angelitos aparecieran, pero no, la figura de un vendedor ambulante volvía a provocar la caída de sus ojos.
Varias veces cruzamos la mirada, él intentando obviar a ese grandote etiquetado que lo miraba desde un rincón, yo buscando una respuesta para poder superar el dolor, ese dolor humano inigualable que sentiría ese hombre para poder levantarse cada mañana para ir a trabajar, para intentar recomponer su vida, para superar la adversidad.

Hace 2 días se nos fue Juampi Foa, hermano de Nico, amigo de Esteban y Rosita, hermano de José, amigo del Búfalo Gastaldi, hermano de Mariano.
Amigos, Hermanos, se necesitan los unos a los otros para superar la perdida, para bancar a los viejos, para seguir adelante en esta vida.
4 pendejos divinos, ejemplares, solidarios, en una noche oscura y húmeda perdimos a Rosita y al Negrito, iban a Rosario a ver a la Primera, años después el Búfalo Gastaldi nos dejaba viajando en un tren abarrotado con su voluminosa y solidaria humanidad protegiendo a los que habían subido a ese tren sin límite de pasaje.
El sábado el destino escogió a Juampi Foa, lo entrenamos con el Tío, el Rata y Bochita Gauthier, allá por el año 92’, al siguiente año viajaron a Europa con una valija cargada de ilusión, luego de haber luchado durante casi un año para juntar cada céntimo para que ninguno del Grupo se quedara en tierra. Hace 4 años atrás lo vi por última vez, la casualidad nos fundió en un abrazo frente al Parc de Prince, en la previa al Pumas-Irlanda que nos clasificaría para Cuartos.

Pum! Golpeo la mesa con el puño cerrado, ya llega la calma, los veo a todos juntos preparando la carne, revolviendo el chimichurri, la cerveza bien helada…, arriba y abajo habrá un buen asado, los amigos se volverán a reunir, los recuerdos inundaran el aire, la monedita hará repetir otra ronda, nos abrazaremos, lloraremos y cantaremos todos juntos, “mis amigos me cubren cuando voy a llorar”, de eso se trata…, nada más.

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