Los mejores jugadores son aquellos que no lo demuestran ni lo aparentan. No necesitan hablar de ello, ni se vanaglorian de sus triunfos. Pero eso sí, creen completamente en ellos mismos. Saben bien quienes son, y esa fuerte creencia interna, es lo que los sostienen, cuando las cosas no salen como lo esperado.

Su confianza se fue desarrollando a lo largo de vivencias deportivas y éxitos logrados. No hablamos de resultados, sino de objetivos cumplidos, gracias a la disciplina, la actitud y el control personal. Recuerdan solamente las tareas positivas, dejando que los malos momentos caigan en el olvido. Saben bien que de ellos no se aprende, y al momento de jugar, el recuerdo de esas vivencias nítidas de logros, son las que les permiten volver a repetirlas.

No son herederos de derrotas, sino buscadores de grandezas. De nada sirve seguir dando vueltas en un pasado que ya fue, que no dejo nada positivo para recordar. Es así, que el sentimiento de culpa desaparece, ya que si algo no salió, su más férrea intención fue hacer las cosas de la mejor manera posible. Si pierden, no caen en la excusa como mecanismo de escape ante el error. No lo necesitan, ya que ellos son sus propios jueces. Las criticas externas las dejan pasar, y dejan que los demás pierdan tiempo en posibles conjeturas del partido, mientras ellos se dedican a seguir buscando nuevas habilidades de crecimiento.

Son capaces de dar lo mejor de cada uno de ellos, sin miedos ni condicionamientos. Sus pilares son la auto-confianza en lo que realizan, y la autoestima en el respeto y el sentimiento de sí. Se entregan en todo a su entrenador, y forman una dupla enfocados en un norte. Depositan su confianza en él, es su pilar de sostén, base segura e incondicional a quien recurrir cuando lo necesiten, un aliento, un consejo o volver a repetir lo entrenado.

Su mejor refrán: “Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas” Epícteto. Es así, que deja de lado las interpretaciones y valoraciones de lo que sucede. Estas opiniones, que generalmente adoptan la forma de juicio de valor, van siempre acompañadas de una respuesta emocional, que no los ayuda a la hora de jugar. En otras palabras, al experimentar un sufrimiento emocional, son sus propios pensamientos los que los dañan.

Visualizan lo que quieren que pase, y si no llega, lo esperan agazapados. No son impulsivos, y juegan su presente con claridad mental, y atención plena en la ejecución. Saben que el miedo y la angustia están siempre presentes. Tratan de manejarlas y “sabiamente” pasárselas a su rival, esperando el momento oportuno de desconcentración o enojo, para dar el golpe final.

Si buceas dentro tuyo, todas estas cualidades están ahí, listas para usar.  No es necesario ser el mejor jugador para desplegarlas. Estos procesos internos forman parte de tu fortaleza interior, las cuales, por miedo al error, no las pones en práctica. Los demás estarán ahí siempre para alabarte o criticarte, pero el poder está en vos si dejas entrar opiniones ajenas. No te entregues, ni juegues para los demás. Animáte a jugar por tu grandeza. Tiene que ser tu deseo, tu motivación, tu satisfacción, la alegría del trabajo bien hecho.

Dale, ¿te animás?

Lic. Julia Alvarez Iguña
Psicología aplicada al Alto Rendimiento
juliasports@fibertel.com.ar
www.psico-deportes.blogspot.com

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