Ya son varias las veces que se apaga el termotanque de mi casa. El piloto está ubicado en un lugar muy incómodo justo en la parte de abajo del termo y es bastante difícil acceder a el. Además, el termo está ubicado en una terraza, en el contrafrente de la casa y si bien tiene unas paredes laterales que lo protegen, en el frente no tiene nada y está expuesto al viento, que parece ser la causa de que se apague, según dicen todos los plomeros-gasistas que lo han revisado. Esta cuestión del viento la tengo incorporada como si todavía tuviera que estar en la disyuntiva de elegir viento a favor en el primer tiempo, o al contrario, aguantar el primero y sacar ventajas en el segundo, porque hay un viejo dicho que dice que a la tarde amaina, siempre me sigo fijando hacia donde sopla el viento, aunque esté en el fondo de mi casa.

Una mañana muy ventosa cuando yo era entrenador de la menores de 22, equipo que jugaba a las 12 del mediodía, el padre de un jugador que algo habría escuchado de la teoría del viento, me dijo “¡Mirá  bien qué elijen! porque en el segundo tiempo el viento amaina“. No dijo nada del viento de la tarde, tenía la información mezclada, en los segundos tiempos el viento disminuye, no importa la hora que sea, según su particular versión.

Mientras tanto los plomeros son gambeteados por el termo y el viento. Lo prenden cuando vienen y el termo decide apagarse apenas los tipos se van. Me empecé a hacer cargo del asunto y puse una madera larga que tenía guardada en un depósito que tengo al fondo, la levanté de un volquete en la calle y llegó el momento de darle alguna utilidad. Al ponerla pensé en esos carteles que colocan en muchas de nuestras rutas “camino en reparación” quedan para siempre y envejecen a la par de una ruta que no se termina de reparar nunca. Son carteles definitivos, no tienen nada de provisorios. He visto carteles que dicen “circule con cuidado ruta poceada” perfectamente hechos para durar mucho tiempo, por la misma empresa que debe hacer la señalética para vialidad nacional. Los pozos se seguirán agrandando. Por eso no sé por cuánto tiempo tendré esta madera tapando el termotanque, agarrada de las paredes laterales con un elástico que tiene unos ganchos en los extremos. Ahora tengo una caja grande de fósforos a mano para encender el piloto que me desafía apagándose en los momentos que más lo necesito. Lo tengo que motivar porque se está apagando cada vez más seguido. Este proceso de encender el piloto para calentar el agua se parece mucho a la necesidad de motivar a nuestros jugadores, que como pocos en el mundo necesitan encender ese fuego interior llamado motivación, que en criollo le decimos manija y algunos le dicen huevos, aunque en los manuales de la corrección figure como “actitud“.

Cuando estoy frente al termotanque  pienso que estoy ante un jugador, al cual tengo que motivar y tratar de inculcarle la importancia de tener la sangre caliente para que la cosa funcione. Reconozco que con este termo está difícil y nadie me lo pudo arreglar, tal vez sea el momento de cambiarlo. Con los jugadores pasa algo similar. Muchas veces el que parece tener más condiciones adolece de la famosa actitud, dan ganas de levantarle la tapa del cerebro y ponerle el de otra cabeza mejor. No voy a hacer mención al nombre de algún jugador sin la menor pinta de atleta, que bien se podría parecer a un grueso termo sin cintura,  cualquiera de ustedes  puede hacer una lista y darse cuenta que es el que tiene la mejor llama y siempre está encendida. Es una tarea ardua para los líderes, por supuesto el  entrenador y el capitán, transmitir una buena motivación que logre prender la mecha de manera perdurable. Nuestros jugadores si no están motivados no pueden competir contra nadie. Es un condimento esencial, sin el cual no pueden ni entrar a la cancha. Pero motivarse para nuestros jugadores implica un proceso que empieza mucho antes de cada partido.

No tienen esa facilidad que si tienen los sajones y ni que hablar los del Hemisferio Sur, que con solo cruzar la línea de cal al ingresar a la cancha, se prenden fuego de manera automática, cuando al observarlos afuera parecían estar en la estratosfera. Para nosotros parece no haber nada adquirido de manera definitiva. Tenemos un pacto interior que se debe renovar permanentemente. Si no hacemos determinadas cosas previas, si no desarrollamos ese proceso de motivación que prenda el piloto bien fuerte para que caliente nuestra sangre, se nos hace cuesta arriba, como quedó demostrado en el cierre del 2012, cuando Irlanda le marcó siete tries al equipo que en ese mismo año se lo había elogiado como el poseedor de la mejor defensa del mundo. Esos últimos partidos Los Pumas jugaron con el termo apagado, como este que tengo en casa. No pudieron mantener la tensión mental necesaria para cerrar bien el año. Esto me hace pensar en la importancia de no perder nunca la humildad, sostenerla en el tiempo como la cualidad central y no creerse nada de lo que se dice sin un sustento válido. Cuando todo sale más o menos bien, rápidamente el periodismo agranda las cosas, los sponsors con sus publicidades triunfalistas y hasta el propio entorno quieren hacernos creer que ya estamos, subimos a otro nivel y este mensaje es incorporado de manera inconsciente por los verdaderos protagonistas. Y provoca una confusión tal, que hace que nos olvidemos de los aspectos básicos del juego y nos creamos que ya estamos para dar vuelta la página de un libro al que deberíamos leer con mayor atención, para poder comprender su verdadero significado. Esta sensación hace  que  de un día para otro nos creamos los mejores del mundo y al cabo de unos pocos días más nos damos cuenta que no somos nada.  Tal vez este sea un sentimiento necesario que nos impulse a empezar de nuevo y alimentar ese fuego interior que debe ser nuestro signo constante.

En una gira de Los Pumas por Nueva Zelanda, de esas en que se jugaban siete partidos en un mes, el capitán argentino que era el Tano Loffreda, fue a hacer el sorteo con el referee y el capitán de Auckland que era nada menos que Gary Whetton, cuando faltaba poco menos de media hora para que comienze el partido. El Tano ya estaba cambiado con la ropa para jugar, transpirado, con aceite verde en sus piernas y la respiración agitada. En cambio Gary Whetton todavía estaba de traje, con camisa y corbata, relajado como si recién se despertara. El Tano se sorprendió mucho y tal vez haya llegado a sentir algo de vergüenza. Aunque conociéndolo habrá pensado en que era una oportunidad de sorprender a los neozelandeses, que parecían estar muy relajados.  En la cancha los jugadores de Auckland no estuvieron dormidos, ni bien pisaron el pasto de la cancha se transformaron en una llamarada que arrasó a Los Pumas marcándole sesenta puntos. Es una cualidad que le envidiamos a estos equipos que parecen tener resuelta una cuestión que para nuestros jugadores es imposible manejar del mismo modo. Hay frases que definen esta situación y una de las  que más me gusta es la que dice “Si estamos bien podemos ganarle a cualquiera, pero si estamos mal podemos perder con cualquiera”  No tenemos chances sin el factor emocional presente, sin la llama prendida. Debemos construir confianza con las mejoras en el aspecto técnico, estratégico, además del  crecimiento individual de las destrezas, y ni que hablar del aspecto físico donde se han hecho increíbles progresos, pero sin el piloto permanentemente encendido, y una concentración mental extrema, seguiremos lejos de poder sostener el crecimiento de manera constante. Es un fuego interior forma parte de nuestra genética, de nuestra identidad.

Seguiré relatando algunas historias de termos completamente apagados y de otros siempre encendidos. Estábamos con mi club de gira por Nueva Zelanda, debíamos enfrentarnos con Waikato, en Hamilton. No sabíamos mucho de aquel equipo, aunque sus antecedentes lo convertían en un rival muy difícil, uno de los equipos provinciales de los durísimos torneos de su país. Nosotros no estábamos en un buen momento, se estaba cumpliendo un ciclo, algunos ya estábamos grandes y el año anterior había muerto nuestro entrenador Veco Villegas en un accidente de avión. Entrenamos la tarde anterior y los comentarios de la gente decían que Waikato no estaba pasando su mejor temporada. Un vendedor de panchos y hamburguesas que tenía un carrito móvil  y circulaba por las afueras del estadio, nos preguntó primero quienes éramos y de dónde veníamos. Después nos dijo que no nos guiemos por los comentarios de la gente  y agregó que Waikato podía estar jugando mal pero que cuando jugaban en su estadio como por arte de magia estaban en llamas “blow up on fire”, fue el término que usó. Estábamos casi listos para salir a precalentar y ni noticas de nuestros rivales, no pudimos verlos antes para semblantearlos un poco y empezar a visualizar lo que tendríamos que hacer en la cancha. Se escuchó el motor de un ómnibus pasando cerca del vestuario, me subí al banco que estaba contra la pared y abrí una ventana tipo banderola. El ómnibus estaba detenido justo a pocos metros, no sé si las camisas blancas de manga corta se usaban muy apretadas o era la moda del momento, o no había otras del tamaño de estos jugadores. Los tipos parecían muy relajados, se ecuchaba música y algunas risas. En la cancha el equipo de Waikato se convirtió en una verdadera llamarada, una transformación automática para estar en un estado de concentración, determinación, confianza y vehemencia  imposible de contener para nosotros ese día. Nos marcaron cerca de cincuenta puntos y en un par de tries se pasaron la pelota dentro de nuestro propio ingoal, al que llegaban con escolta.  Son cosas que vivimos allá lejos a 15.000 kilómetros de nuestros ranchos, pero no las voy a olvidar. En el 2012 los Waikato Chiefs ganaron por primera vez el título en el Super Rugby.

En la última gira que participé en el ’92, viajamos a Australia y hubo un partido de esos que también me quedó grabado.  Teníamos que enfrentar a un club llamado Gordon del que no teníamos referencias. ¿Quién organiza estas giras? Decían algunos un poco en serio un poco en broma. ¡A estos tipos no los conoce nadie! Nos dirigimos al estadio municipal dónde nos dijeron que se iba a jugar el partido. Dimos unas cuantas vueltas por la ciudad y el chofer del micro se perdió, hasta que preguntando llegamos al estadio. Grande fue la sorpresa cuando un gran cartel en la entrada anunciaba para ese día la final de cricket. Nos informaron que el partido se jugaría en un lugar en las afueras, un sitio que resultó ser una especie de hipódromo con pistas para caballos. En el centro de un lugar bordeado por las barandas blancas de madera que formaban un ovalo, habían armado una cancha con unos precarios arcos. Un par de carpas sobre un costado de la cancha parecía ser el único lugar para tener algo de sombra. Los jugadores de Gordon estaban recostados sobre unos autos, que tenían las puertas abiertas para dejar oír muy fuerte una música que no recuerdo, pero no es la que yo solía escuchar. Algunas mujeres compartían con ellos esa espera y se vivía un clima de alegría, casi de fiesta, muy extraño para nuestra idiosincrasia. No sé si bailaron inclusive, no recuerdo con precisión, tal vez esté exagerando. El público asistente fue menos que el que va a nuestros partidos de los sábados. Y tal vez habría que descontar a los burreros, que fueron a ver como andaban sus caballos. Por nuestro lado los comentarios eran ¡esto es un desastre!  ¿A dónde nos trajeron a jugar?! Es una falta de respeto, pagamos esta gira para esto! ¡Este lugar te quita toda la manija! ¿Quiénes son estos tipos?  ¡Están para la joda!

Nos mandaron a cambiar a una especie de establo que estaba acondicionado para vestuario, con olor a bosta de caballo. Quedaba bastante lejos de la cancha y había que esquivar los pozos hechos  por las pisadas de los equinos. Nuestros jugadores estaban fastidiosos y muy desconcentrados. Los rivales parecieron juntarse a último momento, cuando el referee estaba llamando. Salieron de sus autos, le dieron el último beso a sus novias, como un grupo de adolescentes  se juntaron en el ingoal, el capitán los reunió brevemente y por fin entraron a la cancha, con una camiseta verde que no podré olvidar.  En la cancha estos tipos que ¡estaban para la joda! nos dieron una lección tremenda, con un juego espectacular, donde no les importó la cancha salvaje, los arcos deformes, el olor a bosta de caballo. Con los dientes apretados y con un rigor físico notable nos clavaron una daga en el medio del pecho. Nos dejaron pensando por donde pasa todo ¿Cómo hacen para ponerse así? ¿Cuál es su secreto?  ¿Cómo se juega a este juego? ¿Qué es lo más importante? ¿El lugar? ¿La cancha? ¿El vestuario? ¿Son tan superiores que no necesitan concentrarse en la misma forma en que nosotros si lo necesitamos?

Después de tanto tiempo yo tengo una respuesta que es obvia, pero no por eso no hay que repetirla “El principal partido se juega en nuestra cabeza”  que se debe conectar con nuestro corazón, y así sigue siendo cuando ya no jugamos más, en nuestras vidas.  Es la mente que dirige todos nuestros actos. La motivación es la clave para llevar adelante todo lo que somos capaces de dar, hasta la última gota de nuestro sudor, hasta nuestro último aliento. No podemos andar por la vida con el termo apagado, esa es mi visión, lo que me quedó de este gran juego.

¡Esto es rugby! Dicen algunos de repente, como una contraposición para diferenciarse de algo que no  queda claro, yo no lo sé, el rugby son muchas cosas.  ¿Quien se puede creer dueño de la verdad y decirnos que es el rugby? Mi amigo Miguel me ilustra sobre los pensamientos de hombres legendarios del juego. Willie John Mc Bride, gran jugador irlandés y ex capitán de los Lions, al responder a una entrevista sobre lo que era el rugby para él dijo “Mi recuerdo del rugby es un sillón, una taza de té y la televisión encendida para ver el partido”  Cuando contestó sobre como encaraban los partidos dijo “Yo a mi equipo le decía que no entremos en la de ellos, que si nos mantenemos tranquilos, van a ser ellos quienes pierdan el control”. Con respecto al rugby actual comentó “Hay un montón de gente afuera, ocho suplentes, los preparadores físicos, los asistentes, los entrenadores,  lo único que no cambió fue la esponja y el agua”.

Estuve luchando frente al termo, giré la perilla hacia el lado contrario a las agujas del reloj, puse mi pulgar sobre el botón de encendido, con dos dedos de la otra mano logré que el fósforo prendiese el piloto, que mostraba una pequeña llama, lo mantuve veinte segundos como dicen las indicaciones, cuando solté el botón el piloto mágicamente encendió con una gran llama azul, pensé en un discurso encendido del capitán y de inmediato todo el mechero que parecía el resto del equipo se prendió también, como si fuera un grupo muy motivado para salir a la cancha a llevarse puesto al que sea.

Mientras esperaba que el agua se caliente, me apoyé en la baranda de la terraza, me detuve a mirar el cielo y muchas frases comenzaron a agolparse en mi mente. Pero una se instaló por completo: “La vida es una sucesión de batallas”. De inmediato pensé en la mejor manera de tener siempre dentro de mí el fuego que me empuje a enfrentarlas… 

 

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