Cuenta la historia que los agricultores vasco-franceses del siglo XVII, envainaron sus cuchillos en las escopetas de caza para combatir al enemigo, no había suficiente pólvora ni proyectiles, pero en el combate cuerpo a cuerpo, nada los detendría… fue el nacimiento de las bayonetas. En el anochecer del sábado 21 de febrero de 2015, fue la resurrección… En el medio del atardecer de la hermosa ciudad de Bayonne y bajo una incesante llovizna, ingresaba al estadio Jean Dauger y una canción hermosa cantada por más de 15.000 personas me envolvía. Era el famoso ‘Vino Griego’, el himno de los vascos, aquel que el ‘Pato’ Noriega pregonaba durante la semana para que no sea solo cantado en el salto del equipo al campo, sino a lo largo del match… pues no lo defraudaron. El inicio marcaba a unos parisinos intentando liquidar el partido lo antes posible, pero luego de una gran demostración de defensa, recuperación y contraataque de los locales, Marvin O’Connor anotaba y desataba la locura del estadio, la cual aumentaba con el try del legendario Joe Rokocoko, luego de una gran jugada de todo el equipo comandada por Santi Fernández, una de las figuras del partido junto al recientemente incorporado al seleccionado francés Scott Spedding, sudafricano de nacimiento. Fortaleza, corazón y mucha clase, de los dos jugadores nacidos en el Hemisferio Sur del planeta rugby. En la segunda parte los parisinos quemaban las naves, y sacaban las estrellas que guardaban en el banquillo, Slimani, Flanquart, Morné Steyn e Ioane. Igualmente cuando el corazón es grande en este deporte, no hay nada ni nadie que pueda contra ello. Las bayonetas en forma de defensa sumadas a un avasallante maul en 5 metros le daban la victoria y el bonus para los vascos: final del partido, fiesta total en Bayonne. Reencuentro con Santi Fernández en la vuelta de honor de todo el equipo, rodeado de su hermosa familia. Es un hombre feliz con ganas de luchar por un puesto en Los Pumas en el próximo Mundial, estoy seguro que lo veremos allí… Abrazo durísimo con el ‘Pato’ Noriega en el backstage. Está feliz e intacto, me rompe dos vértebras por culpa de su felicidad, otro que sigue creciendo. Pero hay uno especial, ese que no duda en guiñarme el ojo en la media parte antes de putear en el vestuario a varias estrellas del rugby mundial, ese que baja desde su lugar en el palco ante la admiración y el respeto de todo lo que se le cruza, ese que es saludado con devoción por todos los jugadores y pesos pesados del rugby francés… Ese que sigue y seguirá siendo la marca registrada de mi Club y del rugby argentino a lo largo de los años, el gran Gonzalo Quesada, un auténtico gentleman, el mayor representante del rugby argentino y de todos sus valores, un ejemplo de profesionalismo y de humildad, alejado de la lucha por poderes o cualquier contaminante del rugby en estado puro… Me voy corriendo bajo la lluvia, subo al bondi que me espera impaciente, recibo el abucheo y a la vez el cariño de 30 pendejos… me siento vivo, me siento entero porque lo dí todo… ¡Gracias a todos por darme tanto!

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